Mi suegra puso a escondidas pastillas para dormir en mi sopa, luego llevó a un hombre desconocido a mi habitación para montar una escena y acusarme falsamente de infidelidad y echarme de la casa… Pero ella no sabía que yo nunca me había dormido, y que todo —cada palabra, cada acción— estaba siendo grabado por una cámara secreta.

Levanté el marco de la foto.

—Y todo lo que acabas de decir… también quedó grabado.

La expresión de doña Carmen se transformó.

Primero incredulidad.

Luego miedo.

—Eso… eso es mentira.

—¿Ah, sí?

Saqué el teléfono de debajo de la almohada y reproduje el video.

La habitación se llenó con su propia voz.

—Le puse el doble de pastillas esta vez…

—Cuando Alejandro vea esto, la echará…

—¿Cuánto me pagarás esta vez?

El silencio cayó como una piedra.

El hombre me miró, luego miró a doña Carmen.

—Yo… yo no quiero problemas —dijo rápidamente—. A mí solo me pagaron.

Y salió corriendo de la habitación.

Doña Carmen se quedó sola frente a mí.

Por primera vez desde que la conocí, parecía una mujer asustada.

—Escúchame —dijo con voz temblorosa—. Podemos hablar de esto.

—Sí —respondí con calma—. Vamos a hablar.

En ese momento, se escucharon pasos en el pasillo.