Pero seguí inmóvil.
La cámara dentro del marco de fotos captaba cada palabra.
Cada movimiento.
Cada mentira.
El hombre se inclinó hacia la cama.
Justo en ese momento, doña Carmen dijo algo que me dejó helada.
—Después de esto, desaparecerá de nuestras vidas. Alejandro ya sospecha de ella. Solo necesitábamos una prueba.
El hombre murmuró:
—¿Y cuánto me pagarás esta vez?
—Lo mismo que antes.
Un silencio incómodo llenó la habitación.
Luego el hombre dijo algo más, con un tono burlón:
—Sabes… tu hijo jamás imaginaría que su propia madre está pagando a un extraño para arruinar el matrimonio.
Doña Carmen respondió con calma:
—A veces una madre debe hacer lo necesario para proteger a su familia.
En ese momento supe que ya tenía todo lo que necesitaba.
Esperé unos segundos más.
Luego abrí los ojos.
Y me senté en la cama.
—Sí… proteger a tu familia —dije con voz firme—. ¿O destruirla?
El hombre retrocedió de inmediato.
Doña Carmen quedó paralizada.
Su rostro perdió el color.
—¿Tú… tú estabas despierta?
Sonreí lentamente.
—Desde el principio.