Muy suaves.
Doña Carmen entró en la habitación.
No estaba sola.
El mismo hombre de la otra noche estaba con ella.
—¿Estás segura de que está dormida? —susurró el hombre.
—Le puse el doble de pastillas esta vez —respondió doña Carmen en voz baja—. No despertará hasta mañana.
Sentí una oleada de rabia recorrerme el cuerpo, pero me obligué a no mover ni un músculo.
El hombre se acercó a la cama.
—¿Y ahora qué?
Doña Carmen suspiró con impaciencia.
—Haz lo mismo que la otra vez. Solo necesitamos que parezca real.
Se escuchó el sonido de un teléfono encendiéndose.
—Voy a tomar unas fotos —dijo ella—. Cuando Alejandro vea esto, no tendrá otra opción que echarla definitivamente de la casa.
El hombre rió en voz baja.
—Nunca pensé que una madre sería capaz de hacer algo así contra la esposa de su propio hijo.
Doña Carmen respondió con frialdad:
—Esa mujer nunca fue lo suficientemente buena para mi hijo.
Sentí que mis manos se cerraban con fuerza bajo las sábanas.