Al día siguiente vi a Karina. Fue completamente accidental. Yo estaba en el centro buscando. No sé qué buscaba, tal vez solo caminaba para no pensar. Ella salió de una boutique cara cargada de bolsas. Llevaba un vestido color champán que brillaba bajo el sol, zapatos que probablemente costaban más que todo lo que yo había comido en el último mes. Iba acompañada de dos amigas, riéndose, feliz. Se veía radiante. Se veía como alguien sin una sola preocupación en el mundo.
Me congelé. Por un segundo consideré acercarme, pedirle ayuda, explicarle mi situación, pero entonces la escuché hablar. Ay, les juro que vender la casa de mamá fue lo mejor. Verónica la vendió en 2 millones, ¿se imaginan? Ahora tiene como 10 millones en total. Yo voy a las 5. Es increíble. Sus amigas chillaron de emoción. siguieron caminando. Pasaron a menos de 3 metros de mí. Karina no me vio, o tal vez sí me vio, pero no me reconoció. Después de todo, yo ya no parecía Horacio, parecía un indigente.
Probablemente olía mal, probablemente daba miedo. Me alejé antes de que pudiera verme. Realmente cada paso me dolía. 10 millones, 5 millones. Y yo tenía cero, menos que cero. Tenía deudas que ni siquiera podía empezar a pagar. Regresé al auto caminando. Tardé 2 horas. Mis pies me dolían. No había comido nada en dos días. Me sentía mareado, débil. Esa noche, estacionado en mi lugar de siempre, miré la caja otra vez. la caja que era todo lo que me quedaba de 12 años de sacrificio.
Las palabras de Graciela resonaban en mi cabeza como un eco constante. Cuando no haya más nada, abre la caja. Solo entonces. Ahora sí. Ahora realmente no quedaba nada. Cero dinero, cero comida, cero esperanza. El auto funcionaba por milagro. Yo funcionaba por inercia. No había tocado fondo. Me había estrellado contra él y atravesado hacia algo peor. Tomé la caja con las manos temblorosas. Pesaba. Siempre había pesado. ¿Qué podía haber adentro que pesara tanto? Libros viejos, herramientas antiguas, recuerdos sin valor para nadie más que Graciela.