“PARTE 1La suegra de Mariana mandó sacar a sus padres de la boda enfrente de todos porque no habían puesto ni 1 peso, y el salón entero se quedó mudo con esa clase de silencio que no se olvida jamás.
Hasta ese momento, Mariana todavía estaba parada junto a Diego con el ramo entre las manos, el pecho apretado y una sonrisa ya cansada de fingir. Llevaba meses tragándose comentarios, desplantes, miradas de arriba abajo y decisiones ajenas sobre el día que se suponía iba a ser el más feliz de su vida. Pero jamás imaginó que Leticia, la mamá de Diego, fuera capaz de cruzar la línea delante de 160 invitados, con el mariachi esperando a un lado y las copas de vino temblando sobre las mesas.
Mariana tenía 31 años y 5 de relación con Diego. Se habían conocido cuando ambos trabajaban en Querétaro, ella en una agencia pequeña de diseño y él en una firma de arquitectura. Lo que los había unido no fue el dinero ni el apellido ni las fotos bonitas en restaurantes caros. Fue la paz. Con Diego, Mariana no tenía que demostrar nada. Podía llegar despeinada, cansada, con olor a camión y a día pesado, y aun así sentirse vista. Por eso, cuando empezaron a hablar de casarse, imaginaron una boda sencilla en un viñedo de Tequisquiapan: pocas personas, buena comida, votos escritos a mano, música bajita, luces cálidas y unos frascos pequeños de mermelada de fresa que su mamá ya había dicho que iba a preparar con gusto.
Mariana quería que su boda se sintiera como su casa: cercana, imperfecta, cálida. No quería una exhibición. No quería una competencia. No quería un evento para que otros hablaran de manteles, cristalería o centros de mesa. Quería poder mirar a sus papás sin sentir que estaban fuera de lugar. Quería que su papá, Rogelio, que había sido mecánico toda su vida, pudiera llegar con su traje de siempre sin sentir vergüenza. Quería que su mamá, Estela, bibliotecaria de medio tiempo en una biblioteca pública, sonriera tranquila y no se pasara el día acomodándose el vestido por nervios.
Pero para Leticia, una boda sencilla era casi una ofensa personal. Leticia vivía pendiente del qué dirán, de las apariencias, del club, de las amigas del patronato, de quién había viajado a Europa y quién había cambiado de camioneta. Era de esas mujeres que acomodaban hasta las servilletas como si la casa fuera un escaparate. Había pasado buena parte de la infancia de Diego obsesionada con subir de nivel social, aunque fuera a puro esfuerzo, comparación y ansiedad. Cuando supo que Mariana y Diego querían casarse “en chiquito”, sintió que le estaban quitando el escenario que llevaba años imaginando para su único hijo.