—Yo sí los daría —contesté—, pero se me espanta mucha gente cuando les digo que dejen de aparentar.
La risa fue general.
Con las ganancias pagué mejoras del local, salarios justos, mis ahorros y uno que otro gusto mío: unos zapatos buenos, un rebozo precioso color vino, un masaje en las piernas, un viaje corto a Puebla para visitar a una comadre. No le di un peso extra a mi familia. La regla seguía intacta.
En la casa, sin embargo, ya no se respiraba rencor constante. Se respiraba esfuerzo.
Roberto empezó a ayudarme con la contabilidad de la fonda los domingos. Al principio, yo solo quería vigilar que no metiera la pata. Luego descubrí que, liberado del pantano de las deudas y las mentiras, era muy bueno organizando, negociando, declarando impuestos, armando reportes.
—Tienes buena cabeza —le dije un día.
Se sorprendió como niño.
—¿Sí?
—Sí. Lo que tenías era flojera moral.
Se rió, avergonzado.
—Eso también.
Vanessa comenzó a llevar un pequeño recetario donde anotaba lo que yo le enseñaba: arroz rojo, sopa de tortilla, chiles rellenos, calabacitas con queso, enchiladas verdes, frijoles charros, picadillo. Sus primeras comidas eran torpes, pero con el tiempo empezaron a tener alma. Lo noté la noche en que hizo unas tortitas de papa que sabían a hogar.
—Te quedaron bien —le dije.
Ella sonrió como si le hubieran dado medalla olímpica.
—¿De verdad?
—Les faltó tantita sal, pero sí. Ya parecen hechas por alguien que quiere alimentar y no solo llenar platos.
Esa noche se le humedecieron los ojos.
Había encontrado algo parecido al orgullo. Del bueno.
La verdadera prueba llegó a los cuatro meses, cuando la madre de Vanessa apareció en la casa.
Era una mujer de pelo teñido, perfume invasivo y ojos de juicio rápido. Desde el principio nunca me soportó. Yo representaba todo lo que ella había querido dejar atrás: pueblo, trabajo duro, cocina, ahorro, sencillez. Se apareció una tarde de sábado, justo cuando yo llegaba de la fonda con cajas de verdura.
Entró sin tocar demasiado, como si todavía creyera que la casa se rendía a su clase imaginaria.
—Ay, Dios mío —dijo al ver el patio convertido en huerto—. ¿Qué hicieron aquí? Parece rancho.
Vanessa estaba regando los chiles. Se secó las manos en el pantalón y la miró, incómoda.
—Está bonito, mamá.