—Bonito tuyo. ¿Y ahora también andas de campesina?
Yo seguí acomodando cajas sin meterme. A veces la verdad sale mejor cuando una calla.
La señora empezó a recorrer la casa con la boca torcida.
—Me dijeron que andan muy apretados —soltó—. Yo les dije a mis amigas que era una exageración. Que cómo iba a ser, si Roberto es contador y ustedes viven en tremenda casa. Pero mira nomás… hasta huele a comida de diario.
Vanessa apretó la mandíbula.
—Porque comemos diario, mamá.
La otra se acercó a ella.
—Tú no naciste para esto, hija. Te vas a avejentar. Mira tus manos.
Entonces ocurrió algo que yo no esperaba.
Vanessa retiró las manos en vez de esconderlas.
—Mis manos están bien.
—Pero estás lavando, cocinando, sembrando…
—Sí.
—¿Y tu suegra? ¿Ella nomás mandando?
Fue ahí cuando levanté la cabeza.
Pero Vanessa se me adelantó.
—No, mamá. Ella trabaja más que todos nosotros juntos.
La mujer soltó una risita.
—Ay, por favor.