Bajó la mirada.
—Supongo.
Empezó a hacer cosas pequeñas sin que se lo pidiera. Poner café. Lavar platos. Pasar por tortillas. Planchar sus camisas. Un día incluso llegó con una docena de huevos y una bolsa de jitomates del mercado popular.
—Me salió más barato que en el súper del fraccionamiento —dijo, casi avergonzado por su propio descubrimiento.
—Ya ves. El pueblo no muerde.
Los niños fueron los que más rápido cambiaron, curiosamente. El aburrimiento los sacó de las pantallas y los empujó al patio. Yo ya había mandado levantar el pasto decorativo para hacer surcos. Sembramos jitomate, chile, calabaza, lechuga, epazote, cilantro. Puse unas gallinas al fondo y un pequeño gallo insolente que nos despertaba antes del amanecer.
Camila, al principio, se quejó del olor a tierra. Luego se enamoró de las semillas.
Santi se obsesionó con los huevos.
—¿De verdad sale uno todos los días? —preguntó, maravillado.
—Si la gallina está bien cuidada, sí.
—Entonces la comida sí sale del trabajo.
—Pues claro.
Él se quedó pensando mucho rato.
Un domingo lo encontré frente a la pared del comedor ya repintada, viendo la fotografía antigua que colgué de mi primera cocina, donde salgo joven, delgada, sudada, moviendo una olla enorme. En la placa dorada debajo mandé poner una frase: “Donde nadie es inútil si tiene hambre y ganas de trabajar.”
Santi me preguntó:
—Abuela, ¿tú sí eras jefa de verdad?
—Sí.
—¿Y por qué nunca nos dijiste?