Durante dos semanas, mientras en la casa se acomodaban a regañadientes a la nueva realidad, yo me dediqué a limpiar el local del centro, mandar pintar paredes, revisar la instalación de gas, encargar cazuelas nuevas, rescatar recetas antiguas y seleccionar a dos muchachas jóvenes del pueblo para enseñarles. Una era Maribel, madre soltera con un niño de cinco años. La otra, Teresa, una muchacha callada que había dejado la preparatoria por falta de dinero.
—Aquí no solo van a aprender a picar cebolla —les dije el primer día—. Van a aprender a cobrar, a llevar inventario, a no dejar que nadie las robe y a no depender de un hombre pendejo.
Las dos soltaron la risa.
A mí me volvió el brillo al cuerpo.
El local olía a pintura fresca, cal recién secada y, poco a poco, a ajo sofrito, comino, clavo, laurel. Mandé tallar un letrero sencillo: La Sazón de Eulalia, cocina de origen. No quería lujo. Quería verdad.
Mientras tanto, en la casa, empezó la verdadera transformación.
No fue de golpe ni con música tierna de fondo, como en las novelas. Fue a punta de discusiones, lágrimas, errores y hambre.
Vanessa quemó dos veces el arroz. Echó a perder una sopa de fideo por ponerle demasiado caldo. Barrió mal. Lavó ropa blanca con una camiseta roja de Santi y dejó todo rosado. Gritó. Lloró. Juró que yo hacía todo eso para humillarla.
Yo no contesté.
Solo le repetía:
—Otra vez.
Porque la vida no se aprende a la primera. Ni el carácter.
Roberto, por su parte, empezó a llevar una libreta propia. Primero por obligación. Luego por vergüenza. Después por interés. Lo vi una noche, ya tarde, sentado en la mesa con la calculadora del celular, revisando cargos, haciendo presupuestos, tachando gastos inútiles.
—Mamá —me dijo un día—, nunca supe realmente cuánto debíamos.
—No quisiste saber. Que es distinto.