Lo pensé un poco.
—Porque creí que quererlos era protegerlos de todo. Y me equivoqué.
Camila intervino:
—¿Y a mamá también la vas a enseñar?
—Si quiere aprender, sí.
A esas alturas, Vanessa ya no se burlaba de mi taza de peltre. De hecho, una mañana la vi tomándose café en ella porque decía que “guardaba mejor el calor”.
No dije nada.
Hay victorias que se saborean mejor en silencio.
La primera vez que Vanessa salió sola al mercado popular del centro fue una escena que todavía me hace sonreír.
Quiso vestirse elegante, como si fuera al gourmet de costumbre, pero el barrio no funciona igual que sus amigas del fraccionamiento. Allá nadie te admira por la bolsa. Te respetan si sabes comprar jitomate sin que te den el golpe, si te defiendes al pesar el aguacate, si regateas con gracia sin faltar al respeto.
Regresó sudada, despeinada y furiosa.
—Me vieron la cara.
—Claro —respondí—. Se te nota desde lejos que no sabes ni escoger cebolla. Mañana vas conmigo.
Fuimos juntas. Le enseñé a oler los mangos, a tocar el aguacate, a distinguir el chile fresco del refrigerado, a comprar cilantro de raíz fina, a no dejar que el carnicero le metiera hueso de más. La vi absorber todo eso con la misma atención con la que antes veía tutoriales de maquillaje.
Al terminar, se sentó conmigo en un puesto de jugos.