La callé con una mirada.
—Y otra cosa. Despedí a la muchacha. Desde mañana, tú limpias. Y aprendes a cocinar.
Ella abrió la boca, horrorizada.
—Yo no sé.
—Aprendes.
—Me vas a arruinar las manos.
—Cómprate guantes. Cuestan veinte pesos.
Me enderecé.
—Además, la próxima semana reabriré la fonda.
Roberto parpadeó.
—¿Qué fonda?
—La sazón de Eulalia.
Los miré a ambos, disfrutando el desconcierto.
—¿Se acuerdan del local del centro? Se le acabó el contrato al inquilino. Lo voy a recuperar. Voy a volver a cocinar para gente que sí aprecia el trabajo ajeno. Y no voy a compartir un peso de esa ganancia con ustedes. Tendrán techo, luz básica y agua. Lo demás, lo resuelven.
Vanessa soltó una carcajada incrédula.
—Tienes casi setenta años.
—Y tú tienes treinta y cinco, pero no sabes cocer un arroz. No hablemos de capacidades por edad.
Me volví hacia Roberto.
—¿Quieres salvar esta casa? Empieza por aprender a vivir sin aparentar lo que no eres.
Él bajó la cabeza.
Ese día, cuando se fueron de la cocina, tomé las tijeras del cajón y corté las tarjetas una por una. El plástico crujió como huesito seco. Sentí un gusto profundo, antiguo, casi campesino.
Como cuando una arranca la mala hierba de raíz.
Reabrir la fonda me devolvió el pulso.