Mi nuera llamó: “Tu hijo falleció hoy. No recibirás nada”. Pero él estaba a mi lado…

El sol estaba fuerte, los pájaros cantaban, la vida seguía, pero allá adentro todos lloraban por un hombre que no estaba muerto. Observé de lejos. Beatriz se despidió de todos, agradeció su asistencia. Dijo que quería quedarse sola un momento antes de irse. La gente respetó. Se alejaron, se subieron a sus coches, se fueron yendo poco a poco y cuando finalmente estaba casi sola en el estacionamiento, él se acercó. Andrés salió de las sombras como una víbora. Hablaron rápidamente en voz baja, mirando a los lados para ver si alguien los veía.

No sabían que yo estaba ahí, parcialmente oculta tras un árbol grande. Ella le pasó algo. Parecía un sobre grueso, probablemente con dinero. Él asintió, lo guardó en el bolsillo interno del saco. Dijo algo que no pude escuchar. Ella respondió y entonces él la jaló de la cintura y la besó. Ahí mismo, en el estacionamiento del panteón, a pocos metros de donde supuestamente el cuerpo de su esposo acababa de ser cremado. Tuve que taparme la boca con la mano para no gritar, para no vomitar.

La audacia, la falta de vergüenza, el irrespeto. El beso duró unos segundos. Luego ella se apartó, miró nerviosa a su alrededor y se subió al coche. Andrés se fue al lado opuesto del estacionamiento, se subió a un coche negro y salió a toda velocidad. Me quedé ahí sentada unos minutos más, procesando todo, grabando cada detalle en mi memoria, cada expresión, cada gesto. Todo sería útil después. Cuando finalmente regresé a casa, eran casi las 12. Ricardo estaba despierto, sentado a la mesa de la cocina tomando agua despacio.

Seguía pálido, pero más alerta. ¿Cómo estuvo?, preguntó en cuanto me vio. Cerré la puerta con cuidado, le eché llave, me senté a la mesa con él. Una farsa, respondí quitándome los lentes oscuros. Lloró, fingió estar destrozada. Interpretó el papel de viuda perfecta y Andrés estaba ahí. Ricardo apretó el vaso con fuerza, los nudillos se le pusieron blancos. tuvo el descaro de aparecer. lo tuvo, se quedó al fondo discreto y después del funeral, Ricardo se besaron en el estacionamiento.

Ella le entregó un sobre, probablemente dinero. “Mi dinero”, dijo entre dientes. El dinero que trabajé años para juntar, que era para el futuro de Miguelito. Y ella lo está usando para pagarle al amante que intentó matarme. No por mucho tiempo, afirmé firme. Vamos a recuperar todo y van a pagar los dos. Ricardo me miró un largo rato, luego preguntó, “¿Qué hacemos ahora, mamá? No puedo simplemente aparecer y decir que estoy vivo. Ella va a inventar cualquier historia.

Dirá que yo fingí mi muerte para, no sé, para cualquier cosa. Y Andrés va a desaparecer. Van a esconder las pruebas.” Tenía razón. Necesitábamos más que nuestra palabra. Necesitábamos pruebas concretas y refutables. Los mensajes. Recordé. Dijiste que viste mensajes en su celular sobre el plan. Si conseguimos esas conversaciones, tenemos la prueba. Ha de haber borrado todo o cambió de celular. Beatriz es lista. No va a dejar rastro. Pensé por un momento. Entonces tuve una idea. Tal vez no borro todo.

Tal vez está demasiado confiada. creyendo que le salió bien, que está segura. La gente así comete errores, se relaja y ahí es donde los agarramos. ¿Cómo vamos a conseguir su celular? Sonreí. Una sonrisa calculada, fría. Me invitó a ir a su casa a recoger algunas cosas tuyas. Dijo que separó ropa, papeles, fotos, que puedo llevarme lo que quiera de recuerdo. Iré mañana. Es arriesgado, mamá, y si sospecha, no lo hará. Estoy haciendo el papel de madre de luto y resignada a la perfección.

Ella cree que me tiene en la palma de su mano, que estoy débil, destrozada, me subestima y ese va a ser su error. Ricardo asintió lentamente. La confianza volvía poco a poco a sus ojos. Entonces, ¿qué hago yo mientras? Me quedo escondido aquí. Por ahora sí. No puedes salir, no puedes ser visto. Voy a ver si consigo un médico de confianza para que te revise ese brazo. Parece que tienes una fractura, pero tiene que ser alguien que no vaya a registrar nada oficialmente.

La doctora Fernanda sugirió Ricardo. Aquella doctora que atendió a Miguelito cuando se rompió el dedo. ¿Te acuerdas? Tiene su consultorio particular. Siempre fue discreta y yo la ayudé una vez con unos papeles del municipio. Me debe una. La voy a llamar ver si puede venir aquí a la casa sin registros, sin preguntas. Pasé el resto del día cuidando a Ricardo, cambiando las vendas, preparando comida ligera que pudiera comer sin náuseas y planeando cada detalle de lo que haría en casa de Beatriz.