Por la noche llamé a la doctora Fernanda. Le expliqué vagamente que Ricardo había tenido un accidente, pero no podía ir al hospital por cuestiones complicadas. Ella dudó, hizo preguntas, pero cuando mencioné que era urgente y que pagaríamos bien por su discreción, aceptó. vino a la mañana siguiente temprano, revisó a Ricardo, confirmó la fractura en el brazo, trajo un equipo de rayos X portátil en su coche, lo enyesó adecuadamente, le recetó medicinas más fuertes para el dolor y para la infección, y lo más importante, no hizo preguntas.
No sé qué está pasando”, dijo en la puerta antes de irse. “Y tal vez sea mejor que no sepa, pero cuídense y si necesitan algo más, llámenme.” Pero solo en una verdadera emergencia. ¿Entendido? ¿Entendido? Y gracias, doctora. Usted salvó a mi hijo. Me miró con una expresión extraña, como si quisiera decir algo, pero solo asintió con la cabeza y se fue. A la mañana siguiente me arreglé. Me puse ropa sencilla, nada llamativo. Llevé una bolsa grande. Fingiría que me llevaba cosas, pero adentro puse una grabadora digital pequeña que había comprado hace años para grabar recetas del radio.
Nunca pensé que la usaría para esto. Antes de salir miré a Ricardo. Estaba sentado en el sofá con el brazo enyesado, apoyado en cojines. ¿Estás segura de esto, mamá?, preguntó preocupado. Segura. Confía en mí. Estaré bien. Conseguiré lo que necesitamos. Si pasa cualquier cosa rara, lo que sea, me llamas. Prometido. Prometido. Manejé hasta la casa que antes era de Ricardo, la casa donde vivió con Beatriz y Miguelito por 7 años. una casa bonita en una buena colonia, comprada con su esfuerzo y que ahora Beatriz creía que era solo de ella.
Toqué el timbre, mi corazón latía rápido, pero mantuve mi expresión calmada. Serena, de madre de luto que solo quería unos recuerdos de su hijo, Beatriz abrió la puerta con una sonrisa amable. Estaba vestida casual, leggings negros y blusa blanca, el cabello recogido en una cola de caballo, sin maquillaje, intentando parecer la viuda que estaba de luto, pero tratando de seguir adelante. Suegra, pásele, me abrió camino. Perdón por el desorden. Estoy organizando unas cosas. Entré. La casa estaba impecable, demasiado limpia, demasiado organizada, como si nada hubiera pasado, como si Ricardo nunca hubiera existido.
Café, ofreció. Sí, gracias. Con azúcar, por favor. Me acuerdo dijo ella yendo a la cocina. Aproveché para mirar alrededor. En la mesita de centro de la sala lo vi. Su celular desbloqueado con la pantalla prendida como si lo acabara de usar. Mi corazón se aceleró. Era la oportunidad, pero ella venía regresando de la cocina. Nos sentamos en la sala. Sirvió el café en tazas delicadas. Se sentó frente a mí, dejando el celular exactamente donde estaba, en la mesa, entre las dos.
Pues bueno, empezó ella, separé algunas cosas de Ricardo. Están en la recámara. Ropa que sé que era importante para él, documentos viejos, fotos de chiquito, esas cosas que a las mamás les gusta guardar. Te puedes llevar lo que quieras. Gracias, Beatriz. Significa mucho para mí tener algo de él. Ella asintió tomando un trago de café. Sus ojos estaban vacíos, sin emoción real. sobre el testamento, continuó con la voz más firme. Sé que debe ser difícil para usted aceptar que Ricardo nos dejó todo a mí y a Miguelito, pero fue su elección.