No solo me había faltado al respeto. No solo había permitido que su esposa me sacara de mi propia casa. Ahora estaba poniendo en duda mi salud mental para tocar mi dinero.
Entré al rancho con el paso duro de quien ya no piensa tolerar ni media traición más. Abrí la caja fuerte que tenía en mi recámara desde que murió Rodolfo. Adentro estaban los documentos que Alfonso jamás me había preguntado por ver. El testamento de su padre. El testamento de mi madre. Las escrituras. Estados de cuenta. Inversiones. Transferencias. Recibos de depósitos que durante años hice a favor de mi hijo sin que él preguntara de dónde salían.
Tomé la carpeta completa. La puse sobre la cama y me senté frente a ella.
Recordé el día del funeral de Rodolfo. Alfonso llorando en la capilla. Yo abrazándolo a pesar de que era ya un hombre grande. Recuerdo haber pensado que desde entonces me tocaría protegerlo del mundo. Qué error más profundo. No entendí que si una protege demasiado, a veces también deforma.
Esa misma tarde le llamé.
Contestó al segundo timbrazo.
—¿Mamá?
Sonaba agotado.
—Ven al rancho. Solo tú. Sin Isabel. Sin abogados. Sin excusas.
—Mamá, yo solo quería—
—Una hora, Alfonso. Si no vienes, la siguiente llamada la hace mi abogado.
Colgué.
Llegó cincuenta y cinco minutos después.
Esta vez no traía la postura de dueño. Bajó de la camioneta con los hombros caídos, como si el trayecto desde Guadalajara le hubiera añadido diez años encima. Cuando entró, no se sentó hasta que yo se lo dije.
Nos quedamos frente a frente en la sala donde él, de niño, se acostaba en el piso a jugar con carritos mientras yo hacía tortillas en la cocina.
—¿Crees que estoy loca? —le pregunté.
Fue lo primero.
Él tragó saliva.
—No, mamá. No es eso. Solo… lo que hiciste fue muy drástico.
—¿Vender una propiedad mía porque me quisiste sacar de ella?
—La forma, mamá. Todo en un día. Eso no es normal.
Asentí despacio.
—Tienes razón. No es normal. Como tampoco es normal que un hijo de cuarenta y un años nunca se haya preguntado de dónde sale el dinero que su madre gasta.
Frunció el ceño.
—Papá dejó suficiente.
No pude evitar la risa. Fue una risa triste.
—Tu padre dejó sesenta mil pesos en una cuenta de ahorro, un seguro modesto y la camioneta vieja.
Parpadeó.
—Eso no puede ser cierto.