Saqué el testamento de Rodolfo y se lo extendí.
—Lee.
Lo hizo de pie. Sus ojos iban rápido de línea en línea. Cuando llegó al apartado de bienes, levantó la vista.
—Aquí dice que el rancho, las inversiones y cualquier bien matrimonial se dividían entre los dos.
—Así es.
—Entonces…
—Entonces significa que nunca hubo una bolsa mágica de dinero de tu padre. Significa que gran parte de lo que construí después fue mío. Y significa que durante años tú asumiste cosas que nunca te molestaste en confirmar.
Saqué el testamento de mi madre.
—Y esta es la herencia con la que compré la casa de Bucerías. Cuatro millones doscientos mil pesos. Mi madre me los dejó a mí. No a ti. No a “la familia”. A mí.
Alfonso lo tomó con manos torpes. Su cara se vació.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
—Porque no era asunto tuyo. Porque quise que tuvieras una vida más fácil. Porque pensé que el amor era ayudar sin andar cobrando. Porque quería que tus hijos crecieran con comodidades. Porque creí que un día entenderías, sin necesidad de números, todo lo que una madre hace.
Saqué otra hoja.
—Esto es el enganche que te di para tu casa en Zapopan. Doscientos ochenta mil pesos.
Otra.
—Esto, la colegiatura del kinder de Sofía cuando “andaban apretados”.
Otra.
—Esto, la camioneta que Isabel quiso porque la otra “ya no iba con su imagen”.
Otra.
—Esto, las vacaciones en Cancún que me dijiste que eran “un regalo de experiencia para los niños”, aunque yo pagué hasta los vuelos.
Él ya ni hablaba. Solo miraba la mesa llena de papeles como si cada uno fuera una bofetada.
—En total —continué—, en diez años te he dado un millón cuatrocientos mil pesos, más o menos. Sin contar favores, ni cuidados, ni fines de semana completos criando niños mientras ustedes se iban a bodas, congresos o escapadas románticas.
Se dejó caer en el sillón.
—Yo no sabía…
—Ese es exactamente el problema. Nunca quisiste saber.
Se llevó las manos a la cara.
—Mamá…
—No. Ahora me vas a escuchar. Tú creciste creyendo que tu deber era proveer, decidir, mandar. Y yo ayudé a construir ese error porque después de que murió tu padre me dio miedo que sintieras que te faltaba algo. Te facilité tanto la vida que terminaste pensando que yo existía para resolverte cosas.
Las lágrimas comenzaron a correrle entre los dedos.