Me apoyé en la barra.
—Dime.
—Tu nuera tiene deudas por más de un millón seiscientos mil pesos entre tarjetas, préstamos personales y una línea revolvente a nombre de una empresa fantasma.
Sentí un hormigueo en la nuca.
—¿Cómo?
—Además ha estado jugando en casinos en línea desde hace casi dos años. Apuestas chicas al principio, luego cada vez más grandes. Hay transferencias a páginas de juego casi todas las semanas.
Cerré los ojos.
Todo encajaba demasiado bien.
—Hay más —continuó David—. Hace tres meses consultó a un despacho en Guadalajara sobre mecanismos para obtener control patrimonial de adultos mayores por incapacidad. Y la abogada que te llamó el otro día está vinculada al mismo despacho.
Me quedé muda.
—También revisó temas sucesorios —siguió él—. Herencias, interdicción, administración provisional de bienes. Viviana, esa mujer no improvisó nada. Tiene rato planeando esto.
Apagué la estufa sin darme cuenta.
—Gracias, David.
—¿Quieres que siga?
Miré hacia el pasillo, donde Sofía y Diego dormían la siesta con las bocas entreabiertas, ajenos a que su madre les estaba hipotecando el futuro.
—Sí. Pero con esto me basta para hoy.
En cuanto colgué, llamé a Alfonso.
—Ven al rancho ahora mismo. Solo tú.
—Mamá, los niños—
—Ahora mismo, Alfonso. Y escucha bien: si no vienes, llevo todo esto a la policía, al juez de familia y a quien haga falta.
Llegó una hora más tarde.
Pero no venía solo.
Isabel bajó con él, más dura que nunca, la quijada trabada, los ojos afilados. Desde la ventana vi que discutían dentro de la camioneta antes de bajar. Cuando entraron, no les ofrecí asiento.
—Le dije que viniera solo —solté.
—Somos un matrimonio —respondió ella, levantando el mentón—. Lo que hables con él también me incumbe.
—Claro. Sobre todo porque tu plan siempre fue hablar de mí sin mí.
Alfonso parecía enfermo.
—Mamá, ¿qué está pasando?
Saqué la carpeta.
—Esto.
Puse primero los estados de cuenta. Luego el historial de apuestas. Luego la consulta legal. Luego los préstamos. Luego la evidencia de la empresa fantasma.
Alfonso fue leyendo de pie, hoja por hoja. Su cara cambió tantas veces que parecía otra persona cada diez segundos. Confusión. Negación. Espanto. Humillación. Ira.