Mi hijo me internó en un asilo… No sabe que el director es el hijo que di en adopción hace años…Mi hijo me internó en un asilo… No sabe que el director es el hijo que di en adopción hace años…

Andrés se quedó muy quieto. No le dije todo esa tarde. Le dije suficiente para que él tuviera algo con que trabajar, con que decidir si quería continuar. Le dije el año y la ciudad donde nació. Le dije el nombre de su madre biológica. Le dije que la adopción había sido cerrada y que eso no había sido una elección nuestra, sino una condición del sistema de aquella época. y le dije que yo llevaba 45 años cargando con una decisión que había tomado a los 23 años y que con el tiempo se había convertido en un peso que yo seguía sin saber muy bien dónde poner.

Andrés Villanueva no dijo nada durante un tiempo largo. El jardín tenía ese silencio específico de los lugares donde ocurren cosas importantes sin que nadie los haya elegido para eso. Luego me miró y me dijo, “¿Necesita usted que le traiga algo para verificar lo que me está diciendo? Le dije que tenía documentos, que los había traído en la maleta sin saber exactamente por qué, solo porque desde la muerte de Mirta los llevaba conmigo a todas partes, porque eran de las pocas cosas que me parecía importante no perder.

Me dijo que habláramos mañana. Los días que siguieron fueron los más extraños que he vivido. Andrés y yo nos reunimos tres veces en su despacho con la puerta cerrada y el centro funcionando con su rutina alrededor de nosotros. Revisamos los documentos que yo tenía. Él verificó con un registro que había consultado antes en ese único intento de búsqueda que había iniciado y abandonado años atrás y que ahora retomó con una determinación diferente. La coincidencia de fechas, de ciudad, de nombres, era perfecta y completa.

No había margen para la duda. Y durante esos días yo fui entendiéndolo mejor. Entendí que era un hombre que había procesado su historia de adopción con una madurez que no había venido sola, sino trabajada, que había construido su vida sobre sus propios cimientos sin esperar que nadie llegara a rellenar los huecos. Entendí que mi llegada a su centro no lo desestabilizaba, sino que lo confrontaba con una pregunta que él había cerrado, pero no resuelto del todo. La pregunta de quiénes eran las personas que lo habían traído al mundo y habían elegido no criarlo.

Le dije la verdad sobre esa elección. Le dije que el miedo había pesado más que el amor en ese momento y que yo no tenía manera de justificarlo porque no era justificable, solo era lo que había ocurrido. Le dije que habría otras maneras de haber manejado aquella situación y que nosotros no las habíamos encontrado o no habíamos tenido el valor de encontrarlas. Le dije que cargué con eso durante 45 años, no como un martirio, sino como un hecho que vivía en algún lugar de mí sin que yo supiera qué hacer con él.