Pensé en Claudia, que se había casado con otro hombre 10 años después de lo nuestro y con quien vivía en otra ciudad y con quien yo no había hablado en décadas. Pensé en los 45 años de vida de un hombre al que yo había engendrado y abandonado sin tener nunca el valor de llamarlo de otra manera que no fuera la decisión que tomamos. Pensé en la improbabilidad estadística de que ese hombre se hubiera convertido en el director del único centro al que mi otro hijo, el que sí crié, había decidido enviarme.
Y luego dejé de pensar en la improbabilidad y empecé a pensar en lo que iba a hacer. Si esta historia te está atrapando, deja un like y suscríbete. Eso realmente ayuda a que este canal siga creciendo. Los primeros días en el centro los usé para observar. Era lo que sabía hacer. Fui ingeniero durante 36 años y los ingenieros observan antes de intervenir, miden antes de calcular, entienden la estructura antes de tocar nada. Andrés Villanueva recorría el centro todas las mañanas con una puntualidad que decía algo de su carácter.
Hablaba con los residentes por su nombre. Hablaba con el personal con un respeto que no era condescendencia, sino algo más parecido a la autoridad ganada. Era, por todo lo que yo podía ver, un hombre que hacía bien su trabajo y que se tomaba en serio la responsabilidad de cuidar a personas que otros habían dejado al cuidado de desconocidos. Lo observé durante tres días antes de que él se sentara conmigo voluntariamente. Fue en el jardín una tarde de miércoles con el sol todavía con algo de fuerza a pesar del mes.
Yo estaba sentado en un banco con un libro que no estaba leyendo y él apareció y me preguntó si podía acompañarme un momento. Le dije que sí. se sentó con esa postura de quien tiene 15 minutos y los va a usar bien. Me preguntó cómo me estaba adaptando, si había algo que necesitara, si el personal me había atendido bien. Le dije que todo estaba bien y luego porque llevaba tres días cargando con ello y porque había decidido que el momento tenía que ser elegido por mí y no por las circunstancias, le pregunté si él sabía algo de sus padres biológicos.
La pregunta lo detuvo en seco. No era el tipo de pregunta que un residente nuevo le hace al director en una conversación de cortesía. Me miró con una atención repentina y diferente, como quien ajusta el foco de una cámara. me dijo que la adopción había sido cerrada, que él lo sabía desde siempre, que lo había aceptado y que en algún momento de su vida adulta había considerado buscar, pero que finalmente había decidido no hacerlo. Le pregunté por qué no me dijo que había construido su vida, que tenía una familia, un trabajo, una identidad que no
dependía de esa búsqueda, que no quería arriesgarse a abrir una puerta que llevara a personas que no quisieran ser encontradas o que peor lo recibieran con culpa en lugar de con honestidad. Asentí. Le dije que lo entendía y le dije que iba a contarle algo que necesitaba que escuchara antes de decidir si quería saber más o prefería que me quedara callado para siempre. Le dije que había algo en su cara que yo reconocía desde el primer momento en que lo vi y que ese reconocimiento no era una confusión de anciano, sino la cosa más concreta y menos ambigua que yo había sentido en mucho tiempo.