Mi hijo me gritó en la cara: “Paga la renta… o lárgate” lo hizo frente a veinticinco personas en la cena de Navidad mi nuera se burló: “A ver cómo sobrevives sin nosotros” hice mi maleta, me fui a mi verdadera casa… y corté la casa, el auto y cada peso que habían gastado a costa mía

Mateo se mudó el 30 de enero con dos maletas y un sentimiento de vergüenza que le pesaba en el pecho como una piedra. Audriana había partido tres días antes, de regreso a la casa de sus padres en Miami, dejando una nota que decía solamente: “Llámame cuando vuelvas a ser el hombre con el que me casé”.

Mateo no sabía si alguna vez había sido ese hombre.

Pasó su primer día en el nuevo departamento sentado en el piso. Aún no tenía muebles. Miraba el techo cuarteado, haciendo cálculos en su celular. Salario neto: 2800es. Renta más servicios: 920. Comida: 300. Transporte metro y camión: 60. Gastos básicos: 100. Total: 1,420.

Le sobraban 380 pesos al mes. En su vida anterior, Audriana gastaba eso en una sola bolsa.

Día 15 febrero.

Mateo había empezado a buscar trabajo extra. Su puesto en la firma de arquitectura pagaba bien, pero no lo suficiente para salir del hoyo emocional y económico en el que estaba.

Una noche, mientras cenaba sopa instantánea en el piso de su departamento vacío, la mesa no llegaría hasta la semana siguiente, recibió un mensaje de un número desconocido.

“Hola, Mateo. Soy Andrés Villanueva. Dirijo un pequeño despacho en la colonia Roma, en la Ciudad de México. Trabajo en proyectos de vivienda social. Tu padre trabajó en algunos de nuestros primeros edificios. He visto tu portafolio. ¿Te interesaría platicar?”

Mateo respondió de inmediato. “Sí. ¿Cuándo?”

Día 20. Reunión con Andrés.

La oficina de Andrés Villanueva estaba en un espacio industrial adaptado en la colonia Roma, en la Ciudad de México. Paredes de ladrillo expuesto, escritorios hechos con tablas reutilizadas, cinco empleados jóvenes trabajando en MacBooks, rodeados de maquetas y planos.

Andrés tendría unos 50 años, cabello despeinado y la energía de alguien que aún ama su trabajo después de décadas.

“Tu padre”, dijo, señalando una fotografía en la pared, “fue uno de los mejores albañiles con los que he trabajado. Entendía la estructura de un edificio como nadie. No solo la construcción, sino el alma de un espacio”.

Mateo observó la fotografía. Ahí estaba su padre, 20 años más joven, sonriendo junto a otros trabajadores.

“No sabía que habían trabajado juntos años antes de que él y tu madre fundaran Vega propiedades”, dijo Mateo.

Andrés lo miró directo. “¿Sabes qué me dijo una vez tu padre? Los edificios no son para presumir, son para que la gente viva con dignidad”.

Mateo sintió un nudo en la garganta.