Mi hijo me gritó en la cara: “Paga la renta… o lárgate” lo hizo frente a veinticinco personas en la cena de Navidad mi nuera se burló: “A ver cómo sobrevives sin nosotros” hice mi maleta, me fui a mi verdadera casa… y corté la casa, el auto y cada peso que habían gastado a costa mía

“Tengo un proyecto”, continuó Andrés. “Renovación de viviendas en Itapalapa, en el oriente de la Ciudad de México. Edificios viejos que necesitamos convertir en departamentos accesibles. El presupuesto es bajo, el sueldo no es alto, pero el trabajo importa”.

“¿Cuánto?”, preguntó Mateo.

“2,200 pesos al mes por 6 meses. Si funciona, quizá más”.

Era menos de lo que ganaba en su empleo actual. Pero Mateo asintió.

“¿Cuándo empiezo, Andrés?”

Andrés sonrió. “El lunes. Trae botas resistentes. Estarás en la obra, no solo en la oficina”.

Día 45, marzo.

Mateo se estaba levantando a las 6 de la mañana. Tomaba el metro y luego el transbordador a Iztapalapa, en el oriente de la Ciudad de México. Trabajaba en obras polvorientas hasta las 6 de la tarde. Regresaba a casa exhausto. Comía algo sencillo. Había aprendido a cocinar pasta, omelets y ensaladas básicas. Y pasaba las noches dibujando diseños en su vieja laptop.

Un sábado, su vecina, una mujer mayor llamada Rosa, tocó su puerta.

“Disculpe, joven, ¿tendrá tantita azúcar? Se me acabó”.

Mateo le dio un paquete. Ella miró por encima de su hombro. El departamento casi vacío.

“Se mudó hace un mes, ¿verdad? ¿Y su esposa?”

“No tengo esposa. Estoy en transición”.

Rosa asintió con sabiduría. “La vida te pone donde necesitas estar. No donde quieres estar. Si quieres, ven mañana a cenar. Haré espaguetti”.

Mateo fue. El espaguetti de rosa le recordó al de su madre. Y por primera vez desde Navidad sintió algo parecido al calor de un hogar.

Día 60, abril.

A Udriana le envió papeles de divorcio. Mateo los firmó sin pelear. Una parte de él se sintió aliviada. Ella merecía a alguien que pudiera darle la vida que quería y él necesitaba descubrir quién era sin el peso de tantas expectativas.

Día 90, mayo.

El proyecto en Itapalapa, en el oriente de la Ciudad de México, empezaba a tomar forma. Mateo había diseñado un sistema modular que permitía convertir edificios industriales viejos en viviendas de 46 m², con luz natural y espacios abiertos. Costo por unidad: 75,000 pesos.

Andrés estaba impresionado. “Esto podría funcionar en mayor escala. ¿Has pensado en presentarlo a inversionistas?”

“No tengo contactos”, admitió Mateo.

“Pues yo sí”, dijo Andrés. “Déjame hacer algunas llamadas”.

Esa noche, sentado en su pequeño departamento, ahora con una mesa, un colchón y tres sillas compradas en IKEA, Mateo pensó en su madre. En los últimos tr meses había intentado llamarla 47 veces. Todos sus mensajes seguían sin respuesta.

Escribió uno más.