“Yo… yo no pedí nada de eso”, dijo Mateo débilmente.
“No lo pediste, pero lo aceptaste”, respondió Carolina. “Y no solo lo aceptaste, hijo, lo presumiste. Le dijiste al mundo que tú habías logrado todo eso”.
Mateo cerró los ojos, sintiendo vergüenza.
“Y el martes por la noche”, añadió Carolina, con una tristeza que dolía, “delante de 25 personas, le dijiste a tu madre que pagara la renta o que se fuera”.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Mateo.
“No lo sabía”, susurró.
“¿Y eso lo hace mejor?”, preguntó Carolina, tomando su mano con su fuerza débil, pero firme. “Tu madre te enseñó con su silencio, pero tú aprendiste la lección equivocada. Pensaste que su humildad era debilidad, que su generosidad era una obligación”.
“¿Qué hago ahora, abuela?”
Carolina apretó su mano. “Aprende lo que ella quiso enseñarte desde el principio. El verdadero valor de las cosas, el esfuerzo que toma construir algo, la diferencia entre tener privilegios y merecerlos”.
“¿Cómo empiezo?”
“Desde ser o hijo, como tu madre y tu padre lo hicieron. Sin su dinero, sin sus contactos. Solo tú y tu propio esfuerzo. Es la única manera de que algún día puedas mirarla a los ojos de nuevo”.
Mateo permaneció ahí un buen rato, sosteniendo la mano de su abuela, llorando por todo lo que había perdido y por todo lo que apenas estaba empezando a entender.
Dos semanas después, enero.
Mateo estaba parado frente a un edificio viejo en la colonia obrera. La pintura de la fachada estaba descarapelada. No había portero. El buzón estaba oxidado.
“Este es el número 23”, dijo el agente inmobiliario, un joven con demasiado gel en el cabello. “42 m². Una recámara. Cocina pequeña. Octavo piso. Sin elevador”.
“¿Cuánto?”, preguntó Mateo.
“Pes al mes. Más servicios”.
Audriana, parada detrás con los brazos cruzados, soltó una risa amarga. “Esto es una broma. Es una caja de zapatos”.
“Es lo que puedo pagar”, dijo Mateo sin mirarla.
“Yo no puedo vivir aquí”, gruñó a Udriana. “Mira este lugar. ¿Qué voy a subir a Instagram? ¿Viviendo mi mejor vida en un departamento sin elevador?”
“Entonces no vivas aquí”, respondió Mateo, cansado.
El agente tosió incómodo. “¿Quieren ver el interior?”
“Oh, sí”, dijo Mateo.
“No”, dijo a Udriana al mismo tiempo.
Mateo la miró por primera vez aquel día. “Audriana, tengo que tomar una decisión. Debo entregar las llaves del departamento de Polanco el 31 de enero. Puedo pagar este lugar. Es feo, es pequeño, pero es lo que mi salario real puede cubrir”.