Su abuela, Carolina, estaba en la habitación 304 recuperándose de una neumonía. Mateo no la había visitado en una semana. Estaba demasiado ocupado con fiestas y trabajo.
Cuando entró, ella estaba despierta leyendo una revista. Al verlo, una sombra de decepción cruzó su rostro.
“Mateo, qué sorpresa”.
Él se acercó y besó su mejilla arrugada. La vio frágil, pequeña bajo las sábanas.
“¿Cómo te sientes?”
“Mejor. Las enfermeras dicen que podré irme en unos días”.
“Qué bueno”.
Hubo un silencio incómodo. Carolina lo miró fijamente.
“No viniste solo a preguntar por mi salud, ¿verdad, abuela?”
Mateo se sentó a su lado. “Necesito que me digas la verdad sobre mamá”.
“¿Qué verdad?”
“Vega propiedades. El dinero, todo”.
Carolina cerró lentamente la revista. “Así que por fin te enteraste”.
Suspiró. Un sonido cansado que parecía llevar décadas encima.
“Yo lo sabía, hijo. Estuve ahí desde el principio. Vi a tu madre y a tu padre ahorrar cada centavo durante años. Los vi comprar su primer departamento. Los vi construir ese imperio ladrillo por ladrillo”.
“¿Por qué nunca me lo dijeron, abuela?”
Ella suspiró más hondo aún. “Porque tu madre quería que fueras fuerte por ti mismo. No quería que crecieras como esos chamacos ricos, mimados, que creen que el mundo les debe algo”.
“Pero me mintieron”.
“No te mintieron”, corrigió Carolina con firmeza. “Solo no te dijeron todo. Y eso es muy diferente”.
“Ellos te dejaron creer que tú estabas manteniendo la casa, que tú estabas cuidando de ella”, dijo Carolina con voz suave, pero firme. “Y eso te hacía sentir bien, ¿verdad?”
Mateo abrió la boca para protestar, pero las palabras se atoraron en su garganta.
“Te hacía sentir importante”, continuó Carolina. “El hijo exitoso que cuida de su pobre madre viuda”.
Mateo bajó la mirada.
“Tu madre”, siguió Carolina, “pudo haber vivido en una mansión. Pudo haberse retirado hace 10 años. Pero eligió vivir modestamente. Eligió trabajar todos los días y eligió darte ventajas sin que te volvieras dependiente de ellas. O al menos lo intentó”.
“¿Qué quieres decir?”, preguntó Mateo.
“Mateo, ¿cuánto gastaste el mes pasado en restaurantes, ropa, viajes?”
Él no respondió.
“Tu esposa”, Carolina casi escupió la palabra, “publicó 47 fotos el último mes, presumiendo su vida de lujo. Bolsas que cuestan más que el salario mensual de una enfermera. Mientras tu madre, la mujer que es dueña de todo eso, usa el mismo abrigo de hace 5 años”.