Cuando regresé al coche vi que tenía una llamada perdida de un número desconocido.
Apenas me di cuenta de eso, entró un mensaje.
“Señora Margarita, soy María. Necesitamos hablar mañana al mediodía en la cafetería de la central de autobuses de Monterrey. No le diga a nadie. Es importante.”
No dormí en toda la noche.
Manejé de regreso a Guadalajara con el cuerpo en piloto automático y la mente incendiada. El amanecer me encontró cruzando avenidas vacías, viendo la ciudad despertar como si nada estuviera pasando, como si la gente no pudiera intuir que a veces una madre se rompe en silencio mientras los demás compran pan o abren cortinas.
No fui a mi departamento enseguida. Me quedé un rato dando vueltas, con el miedo irracional de que alguien me siguiera. Finalmente subí, cerré con llave, revisé ventanas, me serví café y no pude probarlo.
A las once ya estaba de nuevo camino a Monterrey.
No por valentía.
Por desesperación.
La central de autobuses estaba llena de gente. Familias cargando maletas, muchachos con mochilas enormes, vendedores de frituras, choferes gritando destinos. Esa normalidad ruidosa me resultó absurda. Yo llevaba el mundo roto dentro del pecho y a mi alrededor la vida seguía oliendo a diesel, café recalentado y tortillas de harina.
La cafetería quedaba en una esquina apartada. Elegí una mesa desde donde podía ver la entrada. Pedí un café que no pensaba beber y me quedé mirando el reloj.
A las doce diez entró María.
Traía una chamarra oscura y una bufanda que le cubría media cara. Caminaba con los hombros tensos, como quien teme que alguien lo reconozca. Al verme, se acercó rápido y se sentó frente a mí.
—Gracias por venir —susurró.
Le agarré las manos.
—Por el amor de Dios, María, dime qué está pasando.