Aquello no era una cena.
Era una reunión preparada.
Y yo, la invitada, no estaba invitada a cenar: estaba invitada a otra cosa.
No sabía a qué, pero de pronto lo entendí con claridad animal: había sido atraída hasta esa casa con un propósito que no tenía nada que ver con el amor.
Julián volvió a mirar hacia la ventana y esta vez me eché completamente sobre el asiento. Cuando me atreví a incorporarme de nuevo, las cortinas estaban cerradas.
Arranqué.
Manejé sin rumbo fijo, con las manos frías en el volante, hasta terminar en una gasolinera a las afueras de la ciudad. Me estacioné junto a unos tráileres y apagué el motor. Solo entonces me permití temblar.
¿Qué había sido eso?
¿Por qué Emilia me llamaría después de un año de silencio para hacerme ir hasta Monterrey si no pensaba verme? ¿Qué papeles eran esos? ¿Quiénes eran esas personas? ¿Por qué María estaba aterrorizada? ¿Y por qué, por Dios santo, mi propia hija parecía formar parte de todo?
Saqué el teléfono y volví a leer el mensaje.
“Mamá, ¿podemos cenar el martes? Te extraño.”
Las palabras parecían distintas ahora.
Ya no eran una promesa.
Eran un anzuelo.
Fui al baño de la gasolinera y me lavé la cara con agua fría. En el espejo vi a una mujer que apenas reconocí: el cabello canoso mal acomodado, el rímel corrido, las ojeras marcadas, una expresión de animal herido. Me apoyé en el lavabo y respiré hondo. No podía permitirme caer. No todavía. Necesitaba respuestas.