Como si alguien hubiera esperado exactamente a que yo regresara al coche para dar inicio a una función.
Aparecieron dos personas que yo nunca había visto: un hombre de traje oscuro y una mujer que sostenía una carpeta gruesa. No tenían pinta de amigos ni de invitados a una cena íntima. Se movían con la eficiencia seca de quienes llegan a firmar algo importante o a cerrar un trato.
Después entró Julián hablando por teléfono, gesticulando con esa energía controlada suya, como si estuviera dando instrucciones. Lo vi reírse de algo que le dijeron. Y finalmente apareció Emilia.
Vestía formal, demasiado formal para una cena casual con su madre. Llevaba el cabello perfectamente recogido y una expresión tan seria, tan ajena, que sentí un dolor físico en el pecho. No era la cara de una hija emocionada por reconciliarse. Era la cara de una mujer en una reunión preparada.
María apareció fugazmente detrás de ella con una bandeja en las manos. Nuestras miradas se cruzaron a través del cristal. Apenas negó con la cabeza.
No entre.
Me agaché instintivamente cuando vi a Julián volver la vista hacia la ventana.
Esperé unos segundos y luego me incorporé apenas lo suficiente para mirar.
Lo que vi después terminó de arrancarme cualquier resto de esperanza ingenua.
Julián sacó unos papeles y los puso sobre la mesa. El hombre del traje señaló ciertas partes. La mujer de la carpeta abrió un documento, lo deslizó hacia Emilia y le ofreció una pluma. Emilia leyó algo. Luego firmó.
Y sonrió.
No fue una sonrisa de felicidad.
Fue una sonrisa fría. Satisfecha. Desconocida.
Se me hizo un nudo en el estómago.