Negó con desesperación.
—No se trata de ella. Se trata de usted. Confíe en mí. Váyase ahora mismo.
La palabra “usted” dicha con ese temblor me puso un hielo en la espalda.
—No entiendo. ¿Qué está pasando?
María volteó otra vez hacia la casa.
—No tengo tiempo. Tengo que regresar antes de que se den cuenta. Váyase, señora Margarita. No es seguro.
Y con eso salió corriendo de vuelta a la casa, dejándome sola en la banqueta, con la noche respirándome encima y el corazón latiéndome tan fuerte que podía escucharlo.
Regresé al coche como si caminara bajo el agua.
Me senté, cerré los seguros de las puertas y encendí el motor.
Pero no arranqué.
Algo dentro de mí —quizá el mismo instinto que me ayudó a sobrevivir años de humillaciones antes de divorciarme, quizá esa vocecita antigua que a veces nos salva aunque no sepamos nombrarla— me dijo que no me moviera. Que observara. Que entendiera antes de obedecer.
Desde el asiento del conductor tenía vista directa al comedor a través de un ventanal grande. Las cortinas estaban abiertas, como si la casa hubiera querido ser vista. Durante unos minutos no pasó nada. Las luces seguían apagadas. Todo parecía quieto, casi abandonado. Pensé, por un instante, que tal vez María estaba paranoica, que quizá había malentendido algo, que tal vez solo temía un conflicto familiar.
Y entonces las luces se encendieron una a una.
Primero la lámpara del comedor.
Luego la de la sala.
Después un pasillo lateral.