—¿Quién eres? —preguntó.
La voz era áspera, como si le doliera usarla.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba con un sonido seco.
—Me llamo Isabelle —dije, porque mi nombre era lo único seguro que me quedaba—. Estoy aquí para ayudarte a ponerte mejor.
Me observó durante largos segundos.
Sus ojos recorrieron mi cara. La frente. La boca. El mentón.
Y de pronto, tan bajito que casi no la oí, dijo:
—Mamá.
No pude detener las lágrimas.
Me acerqué a la cama, me senté en la silla y tomé su mano con un cuidado reverencial, como si tocara algo sagrado y herido al mismo tiempo.
—Sí, mi amor. Soy yo.
Sofie tragó saliva.
—Papá dijo que te fuiste porque ya no nos querías.
La habitación entera se llenó de una furia tan limpia y tan dolorosa que sentí que me ardían los huesos.
Pero no grité.
No lloré más fuerte.
No dije una sola palabra contra Graham.
Lo único que hice fue besarle la mano a mi hija y susurrar:
—Nunca me fui. Intenté volver cada día.
Antes de que ella pudiera decir algo más, la doctora Whitman apareció en la puerta con la expresión tensa.
—Señora Ayes, el señor Pierce acaba de llegar con Ruby. Está exigiendo saber por qué está usted aquí. Y hay algo más: necesitamos empezar las pruebas cuanto antes. Todos los posibles donantes.
Donantes.
La palabra volvió a ponerme la realidad en frente.