—Sé que su situación de custodia es complicada, pero ahora mismo Sofie necesita a su madre.
Colgué.
Durante un momento me quedé inmóvil, con las llaves del coche en la mano, mirando el proyecto Morrison Tower extendido sobre la mesa. Seis meses de trabajo. Un contrato millonario que podía salvar mi estudio de arquitectura. Una reunión con clientes a las nueve. Marcus, mi socio, ya debía de estar imprimiendo renders y memorias técnicas.
Llamé sin pensar.
—Marcus, cancela la presentación de Morrison.
Hubo un silencio de tres segundos.
—¿Qué? Isabelle, no podemos cancelar. Vienen volando desde San Francisco. Si no presentamos hoy, se cae todo.
Tragué saliva.
—Mi hija tiene cáncer. Me voy a Seattle.
No hizo falta repetirlo.
Marcus conocía mi historia. Había sido el que me recogió del suelo la tarde en que perdí la custodia. Había visto cómo me convertía en una máquina de trabajar porque si dejaba de trabajar me ponía a pensar, y si me ponía a pensar sentía que me moría.
—Vete —dijo al fin—. Yo me encargo de aquí.
Agarré el bolso, la cartera, las llaves, una chaqueta, y salí.
La autopista interestatal 5 hacia el norte fue una cinta interminable de asfalto húmedo y pinos oscuros. Conduje demasiado rápido. No lo suficiente como para que me detuviera una patrulla, pero sí lo bastante como para sentir que el coche iba siguiendo el ritmo de mi desesperación. El limpiaparabrisas iba y venía sobre el vidrio mientras yo repetía mentalmente lo que había oído.
Leucemia mieloide aguda.