Dos óvulos. Dos espermatozoides. Dos hombres distintos. Mismo embarazo.
La ciencia podía nombrarlo.
A mí me parecía un incendio.
Pero no tuve mucho tiempo para asimilarlo.
Porque el sábado por la mañana, justo cuando estaba programado el trasplante, Sofie sufrió una bradicardia severa y por unos minutos pensé que se me iba a morir antes siquiera de intentarlo.
Las alarmas del monitor me persiguen todavía en sueños.
La vi pálida, demasiado quieta, a la doctora Whitman dando órdenes, a una enfermera administrando atropina, a otro médico revisando números, a la vida de mi hija colgando de una línea sonora que subía y bajaba. Luego el corazón volvió a encontrar ritmo. Ochenta pulsaciones. Noventa. Respiración.
Se estabilizó.
La cirugía siguió adelante.
A las siete vi cómo se llevaban a Julian. Se veía sereno, pero yo conocía el miedo cuando se sentaba muy derecho. Me apretó la mano.
—Cuídala.
—Siempre.
La extracción de médula duró dos horas. Yo esperé con mi hermana Laura, que había llegado la noche anterior en el primer autobús nocturno que encontró después de escucharme llorar por teléfono. Se sentó a mi lado, me alcanzó café, no hizo preguntas inútiles. A veces el amor verdadero se nota en eso: en saber acompañar sin invadir.
La operación salió bien.
Julian estaba dolorido, pero estable.
La médula fue infundida en Sofie ese mismo día.
Y entonces empezó la peor parte: esperar a que el injerto prendiera.