—Yo pertenecía a una familia complicada, poderosa y controladora. Cuando apenas empezábamos a planear un futuro juntos, me obligaron a volver a la ciudad. Prometí regresar. Tardé más de lo que debía. Cuando pude hacerlo, Carmen ya se había marchado. Pregunté. Busqué. Siempre llegaba tarde a sus huellas. Supe que había vuelto a su pueblo, que se había casado, que había tenido una hija. Y pensé… pensé que quizá mi regreso solo abriría heridas.
María lo escuchó con el cuerpo rígido.
Su madre nunca le había hablado de un amor así. Nunca le había mencionado a Ricardo Velasco. Para María, Carmen había sido una mujer dulce y cansada, marcada por una vida modesta y una enfermedad que se la llevó demasiado pronto.
—Hace unos diez años supe que había muerto —continuó Ricardo—. Y supe también que tenía una hija. Quise buscarte entonces. Pero me dijeron que estabas viviendo con la familia de tu padre, luego que te habías casado, que tenías una niña. Me convencí de que no tenía derecho a irrumpir en tu vida por un vínculo que nadie había elegido.
Se quedó mirando el colgante.
—Ese jade se lo di yo. Mandé grabar la inicial de Carmen en la parte trasera. Era lo único digno que podía ofrecerle en aquel tiempo.
El silencio se alargó.
María dejó que la información se asentara, pero no permitió que la emoción borrara la realidad inmediata.
—Todo eso pertenece al pasado de mi madre y al suyo. Yo necesito respuestas sobre mi vida —dijo por fin—. Hoy salí de prisión. Cumplí tres años por un delito que cometió mi exmarido. Al salir descubrí que él, su familia y mi hija habían desaparecido. Me dejaron solo un certificado de divorcio. No sé dónde está mi niña. No sé qué hicieron conmigo. No sé quién soy fuera de todo eso.
Por primera vez, la expresión de Ricardo cambió de la melancolía a algo mucho más duro.
—¿Fuiste a prisión por tu marido?
María se lo contó todo.
La súplica de Javier.
Las promesas.
La condena leve aceptada como sacrificio.
La esperanza.
La ausencia total de llamadas.
Los números anulados.
La casa vendida.
El divorcio.
Ni una palabra, ni una disculpa, ni noticias de Sofía.
Cuando terminó, la cara de Ricardo era de piedra.
Apretó un botón en el escritorio.
Alonso entró al instante.
—Investiga a Javier Beltrán —ordenó Ricardo—. Su familia directa. Su actual domicilio. Su trabajo. Sus finanzas. Sus relaciones. Todo. Quiero saber también qué pasó realmente con el caso por el que María fue condenada. Empresas implicadas, pruebas, agentes, abogados, movimientos bancarios, cualquier irregularidad. Y quiero resultados preliminares esta misma noche.
—Sí, señor.
Alonso se volvió hacia María y, con una cortesía breve, comenzó a pedir datos concretos: números de documento, antiguos domicilios, nombre de la empresa, matrícula del coche, nombres de familiares, datos del matrimonio, fecha de nacimiento de Sofía.
María respondió a todo lo que recordaba.
Cuando Alonso se fue, Ricardo la miró con una mezcla de firmeza y compasión.
—Quédate aquí por ahora. Considera esta casa un refugio temporal. No te estoy haciendo caridad. Tú me salvaste la vida hoy. Y además eres la hija de Carmen. No permitiré que te hundas mientras yo pueda evitarlo.
—No quiero deberle nada a nadie.
—Entonces no me debes nada —replicó él—. Pero sí te debes a ti misma una oportunidad de luchar con todas tus fuerzas.
María sostuvo su mirada.