Me sacrifiqué por mi marido y pasé tres años entre rejas. Cuando salí en libertad, mi hija había desaparecido, mi matrimonio se había desmoronado y el hombre que me traicionó vivía la vida de mis sueños… hasta que un extraño con un gran poder me ayudó a derrumbar su mundo perfecto…

Asintió una sola vez.

—Está bien.

La mansión de Ricardo Velasco parecía una de esas residencias que la gente contempla desde fuera con la certeza de que nunca pisará.

El coche negro dejó atrás el centro de la ciudad y subió por una carretera arbolada hasta una zona de villas donde el aire mismo parecía más caro. Tras una reja de hierro forjado apareció una casa principal de estilo español clásico, con tejas oscuras, piedra clara, jardines impecables, árboles recortados, fuentes discretas y una calma que resultaba casi ofensiva para alguien que acababa de salir del infierno.

En la enfermería privada de la casa, el doctor Ruiz curó las heridas de María, revisó su hombro y confirmó que no había fractura. Después una criada la condujo a una habitación de invitados con baño privado, ropa limpia y productos de aseo nuevos.

María se duchó bajo agua caliente y dejó que el vapor le devolviera por un momento la sensación de ser humana.

Cuando se miró en el espejo, vio a una mujer de veintiocho años con ojeras, piel pálida y una dureza nueva alrededor de la boca. Seguía siendo ella. Pero también era alguien que la antigua María no habría reconocido.

Subió al estudio en el tercer piso.

Era una habitación amplia, con librerías hasta el techo, un escritorio macizo, sillones de cuero y un ventanal que daba a un lago artificial y a las montañas lejanas. Ricardo Velasco ya no estaba en la silla de ruedas. Se hallaba sentado en una butaca, con una manta ligera sobre las piernas y una taza de té humeante frente a él.

Le indicó que se sentara.

Durante unos segundos la observó sin hablar.

—Tus ojos —murmuró—. Son los de Carmen.

María apretó el jade en el puño.

—Quiero saber quién es usted.

Ricardo asintió lentamente.

—Hace muchos años conocí a tu madre en Andalucía. Éramos jóvenes. Pobres. Testarudos. Nos enamoramos. No fue un amor ligero. No fue un romance de verano. Fue el tipo de amor que te construye la vida por dentro antes de que la vida llegue a romperte.

Su voz tenía la textura del arrepentimiento.