Pasé Tres Años en la Cárcel por Mi Marido; Al Salir, Mi Familia Había Desaparecido y Solo Me Esperaba el Divorcio
1095 días.
Ese fue el número que María Torres había contado una y otra vez en la pared gris de su celda, en la costura de su almohada, en el metal frío de la litera, en el interior de su propia piel. Mil noventa y cinco amaneceres sin libertad. Mil noventa y cinco noches durmiendo con un ojo abierto. Mil noventa y cinco veces recordándose que todo tenía un sentido, que todo era por amor, por su hija, por la promesa de un futuro que su marido le había pintado con lágrimas en los ojos.
Y cuando por fin el portón de hierro se cerró a su espalda con un estruendo seco y el sol de la tarde le golpeó el rostro como si quisiera castigarla por haber sobrevivido, María sintió algo muy parecido al vértigo.
No era felicidad.
Era vacío.
Llevaba la misma blusa beige de punto con la que había entrado tres años atrás, unos vaqueros ya ridículos para la moda actual y unas zapatillas gastadas. En una carpeta transparente sostenía su certificado de libertad, un informe médico, dos números de teléfono escritos a mano en un papel arrugado y unas pocas monedas. Nada más.
No había abrazos.
No había nadie.
Se quedó de pie en el camino de hormigón frente a la prisión, rodeada de sol, ruido y aire libre, y por primera vez en mucho tiempo se sintió más encerrada que nunca.
Sacó el viejo móvil que le devolvieron al salir. Tardó casi un minuto en encender. La batería mostraba una línea roja, moribunda. María apretó los labios y marcó el número de Javier Beltrán, su esposo. El hombre por el que había aceptado hundirse.
La respuesta llegó enseguida.
—Lo sentimos. El número al que llama no existe.