Ella dio medio paso atrás. Entonces el anciano fijó la vista en su cuello. El colgante de jade blanco que María llevaba pegado al pecho, su único recuerdo de su madre, se había deslizado hacia fuera por el golpe.
Y el rostro del anciano cambió.
La gratitud se volvió asombro.
Después incredulidad.
Luego algo más profundo.
—Ese colgante… —susurró—. ¿De dónde lo ha sacado?
María lo cubrió instintivamente con la mano.
—Era de mi madre.
—¿Su apellido es Torres?
La pregunta le cortó la respiración.
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
El anciano dio un paso inestable hacia ella, ignorando a su asistente, que intentaba sujetarlo.
—Detrás del jade —dijo con la voz temblorosa—, ¿hay una letra diminuta grabada? Una C.
María sintió que el mundo se inclinaba otra vez.
Su madre le había hablado de aquella marca casi invisible. Un recuerdo viejo. Una señal que venía de antes de que María naciera.
—¿Quién es usted?
Los ojos del hombre se humedecieron.
—Hija… ¿tu madre se llamaba Carmen Torres?
El nombre cayó sobre María como un trueno.
Carmen Torres. Su madre. Muerta cuando ella tenía diez años. El nombre que casi nadie pronunciaba ya.
Todo el ruido de la plaza desapareció.
—Usted conoció a mi madre —dijo María, sin reconocer del todo su propia voz.
El anciano cerró los ojos un instante, conteniendo algo que parecía más antiguo que el dolor.
—Más que conocerla.
Luego se volvió hacia el hombre más joven que lo acompañaba, un sujeto de treinta y tantos años de expresión aguda, impecable, silencioso como una sombra.
—Alonso —ordenó—. Lleve a esta señorita al médico y luego a casa.
María retrocedió.
—No voy a irme con desconocidos.
El anciano asintió, como si aprobara su cautela.
El joven sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la entregó.
Ricardo Velasco. Presidente del Consejo de Administración del Grupo El Sol.
María levantó la vista lentamente.
Incluso desconectada del mundo durante tres años, conocía el nombre. Todo el mundo lo conocía. Ricardo Velasco no era un hombre rico más. Era uno de esos nombres que aparecían en periódicos, noticieros, revistas económicas. El fundador de un imperio.
Y estaba delante de ella con los ojos rojos, mirando el jade de su madre como si hubiera visto regresar un fantasma.
—Sé que esto es demasiado repentino —dijo él—. Y entiendo que desconfíes. Pero aquí no podemos hablar. Tus heridas necesitan atención y yo necesito contarte algo sobre tu madre. Algo importante. Si después quieres irte, podrás hacerlo.
María bajó la mirada hacia sus manos raspadas, su carpeta vacía, su ropa vieja, sus bolsillos vacíos.
No tenía casa.
No tenía dinero.
No sabía dónde estaba su hija.
No tenía a nadie.