María parpadeó.
Volvió a marcar.
La misma grabación.
Después llamó a su suegra. Número inexistente.
A Laura, la hermana de Javier. Inexistente.
Al fijo de la casa. Inexistente.
Durante unos segundos, lo único que pudo oír fue el zumbido de su propia sangre en los oídos. Luego respiró hondo y se obligó a pensar. Quizá se habían mudado. Quizá cambiaron de números. Quizá Javier había querido sorprenderla. Quizá todo aquello formaba parte de un nuevo comienzo.
Sí. Eso debía de ser.
Se subió a un taxi con las monedas que tenía y dio la dirección de la pequeña vivienda del barrio viejo donde había vivido con Javier y con su hija Sofía antes de entrar en prisión. Durante el trayecto, fue repasando en la cabeza la escena de tres años atrás.
Javier estaba arrodillado frente a ella.
Lloraba.
Se veía guapo incluso roto, con aquella clase de desesperación masculina que entonces a María le parecía amor verdadero.
—María, por favor —le había dicho—. La cuenta de la empresa la desvié yo. Si se descubre, me hunden. Nos hunden. Van a embargar la casa de mis padres. Sofía crecerá en la miseria. Tú eres la asistente financiera. Si dices que fue un error, que necesitabas dinero, que fue algo puntual… te caerán pocos años. A lo sumo tres. Yo trabajaré como un loco. Cuando salgas, te juro que tendremos una casa grande, una vida nueva. Te lo devolveré todo. Te amaré toda la vida por esto.
Él lloró.
Ella también.
Y al final María aceptó.
Porque tenía veinticinco años. Porque llevaba cinco años amando al mismo hombre. Porque Sofía tenía apenas un año y olía a leche y sueño. Porque la palabra “familia” a veces es la mentira más poderosa del mundo.
El taxi se detuvo.
María subió corriendo al tercer piso y se quedó helada al ver la puerta.
La cerradura ya no era la suya.
Llamó una vez.
Luego otra.
Después golpeó con los puños.
—¡Javier! ¡Sofía! ¡Mamá! ¡Abrid!