Me enamoré de un hombre cuyo rostro pertenecía al pasado de mi abuela
Su felicidad no duró mucho.
Él murió en un accidente de coche poco después de que se enamoraran.
No importa cuántas veces me contara esa parte, siempre caía de la misma manera. Como un vaso que resbala de la mano de alguien y se rompe antes de tocar el suelo.
Nunca lo dramatizó. Nunca lloró. Pero cada vez que hablaba de él, su voz se suavizaba. Y siempre había una silenciosa tristeza en sus ojos, como si una parte de ella se hubiera quedado en el pasado.
Incluso de niña podía verlo.
Solía sentarme con las piernas cruzadas en la alfombra trenzada cerca de su sillón, escuchando mientras la luz de la tarde se colaba por las cortinas de su casita. La habitación siempre olía ligeramente a jabón de rosas y a libros viejos. Sostenía una taza de té con ambas manos y pronunciaba el nombre de Daniel como si aún perteneciera al presente.
A veces me preguntaba si amar a alguien tan profundamente era un don o una herida.
Hace tres meses falleció mi abuela.
La pérdida me hundió de un modo que no esperaba. No fue un duelo ruidoso.
Era silencioso.