El quinto día recibí llamada de Morales.
—Ernesto salió de mi oficina hace diez minutos —me dijo, y yo pude imaginarlo furioso, con las orejas rojas—. Exigió saber dónde estás. Insinuó secuestro. Quiso ver el testamento.
—¿Y?
—Le enseñé la puerta.
Sonreí y miré la ciudad por la ventana, toda llena de coches, humo y gente que corría hacia sus propias desgracias.
—Bien. Que siga buscando.
Morales me informó también que Julián y Gustavo habían intentado moverse en bancos, alegando que yo estaba mal de la cabeza. No me sorprendió. Así que dejé una trampa pequeña, sabrosa: hice algunas compras en la boutique del hotel con una tarjeta secundaria que Gustavo todavía monitoreaba. Quería que encontraran una pista. No mi dolor. Mi paradero.
La explosión ocurrió tres días después.
Estaba terminando una crema de espárragos cuando sonó el teléfono de la suite. Era el gerente, nervioso.
—Señora Hortensia, hay cinco personas en el lobby diciendo que son sus hijos. El señor de traje amenaza con llamar a prensa y policía si no los dejamos subir.
Me acomodé mejor en el sillón. Sentí el corazón latiendo fuerte pero parejo.
—No los deje subir. Conéctelos al intercomunicador.
Unos segundos después, el caos entró por el altavoz.
—¡Mamá! —chilló Carmela—. ¡Por el amor de Dios, baja!
—¿Quién te tiene ahí? —rugió Ernesto—. Esto es un secuestro. Estás siendo manipulada.
—Contesté despacio, dejando que se tragaran el silencio antes de oírme.
—Nadie me tiene aquí. Estoy donde quiero estar, pagando con mi dinero. El dinero que me gané trabajando mientras ustedes se acostumbraban a estirar la mano.
—Mamá, te fuimos a buscar —dijo Silvia lloriqueando.
—Mentira.
La palabra me salió con una fuerza que me sorprendió a mí misma.
—Veinte días estuve en una cama viendo el techo. Veinte. Nadie fue. Nadie llamó. Una enfermera que no me debía nada me limpió la espalda mientras ustedes se acomodaban la conciencia pensando que yo iba a morirme y dejarles todo resuelto.