Me llevaron al quirófano con sus promesas pegadas al alma y desperté sola.
Al principio quise creer que era un malentendido. Una confusión de horarios. Una demora. Ya ve una cómo es de terca para aceptar la verdad cuando la verdad viene vestida de los rostros que una misma parió. Me dije que tal vez Ernesto tuvo audiencia. Que quizá Carmela no consiguió quién le cuidara a los niños. Que Silvia se mareaba con los hospitales. Que Julián se perdió entre el tráfico. Que Gustavo, por una vez en su vida, llegó tarde sin mala intención. Yo misma me fui construyendo excusas como quien pone ladrillos para tapar una grieta que ya amenaza con tirar la pared.
Pero llegó la noche y nadie apareció.
Llegó el segundo día y nadie llamó.
Llegó el tercero y el cuarto y el quinto, y la única gente que me tocaba era la que cobraba por hacerlo.
Las enfermeras me daban vuelta con una delicadeza que yo no esperaba encontrar en un hospital público. Me cambiaban la bata, me limpiaban la herida, me acercaban el vaso con popote, me hablaban bajito cuando el dolor me agarraba por dentro como si me estuvieran serruchando otra vez. Cada que se abría la puerta, yo giraba el cuello con una esperanza tonta, vulgar, de madre vieja. Cada vez era una camillera, una auxiliar, una muchacha con gelatina de dieta, un interno, un doctor. Nunca uno de mis hijos.
Y eso, para una mujer como yo, dolía más que el pecho abierto.
Porque yo no fui una madre de sillón ni de escapulario en la mano. Yo fui viuda joven. Me quedé con una ferretería, cinco chamacos y el mundo empujándome a la espalda. Mi marido murió cuando Gustavo todavía se hacía pipí en la cama. A la semana de enterrarlo, ya estaba yo detrás del mostrador de El Tornillo con el delantal amarrado, aprendiendo a vender varilla, tuercas, pintura, silicón, lámina y clavos al menudeo sin darme el lujo de desmoronarme. A mí la vida no me dejó hacer duelo acostada. Me aventó una caja registradora, deudas, proveedores y cinco bocas abiertas a la misma hora del desayuno.
Así los saqué adelante.
A Ernesto le pagué la universidad vendiendo el lote de herramientas finas que mi marido guardaba como tesoro. A Carmela le amueblé la casa cuando se casó con ese hombre de apellido rimbombante que nunca supo sostenerla como ella presumía. A Julián le cubrí tres quiebras distintas porque siempre juraba que ahora sí iba a despegar su negocio. A Silvia le di el enganche de su casa para que dejara de vivir rentando y pudiera invitar a sus amistades sin pena. Y a Gustavo, ay, a Gustavo le pagué abogados, choques, deudas, tarjetas, caprichos y silencios.
Todo salió de mis manos.
De mis uñas quebradas.
De mi espalda.