MADRE DEL MILLONARIO grita “¡No me pegues más!” — El HIJO entra y su furia hiela a su PROMETIDA…

“Qué bueno, mi hijo. Me da mucha alegría por ustedes”, dijo intentando que su voz sonara convincente. “Y quiero que te veas como la reina de la noche”, continúa Alejandro ajeno a su sosobra. Eres la madre del novio, tienes que deslumbrar. En ese momento, Valeria apareció, deslizándose por el césped como una serpiente en el paraíso. Justo de eso quería hablarles, exclamó con una sonrisa que no tocaba sus ojos. No te preocupes por nada, mi amor. Yo misma me encargaré de que tu mamá se vea espectacular.

La llevaré de compras hoy mismo y le encontraremos el vestido perfecto. Será mi regalo para ella. La oferta en boca de cualquier otra persona habría sido un gesto de cariño. Viniendo de Valeria sonaba como una amenaza. Isabel intentó negarse. No, no, no hace falta. De verdad, yo tengo un vestido azul muy bonito. Que suegra, por favor. La interrumpió Valeria. con un tono de falsa exasperación. No sea modesta. Un vestidito azul. No, no, no. Usted necesita algo de diseñador, algo que esté a la altura del evento.

Es una cuestión de imagen, ¿entiende? De la imagen de la familia. Ya está decidido. Nos vamos después de comer. El viaje en el coche de lujo de Valeria fue una tortura silenciosa. Mientras el chóer navegaba por las calles más exclusivas de la ciudad, Valeria parloteaba sin cesar sobre la lista de invitados. Vendrá el senador Robles y su esposa. No sabes los diamantes que usa esa mujer. También confirmé al empresario Gastón Fernández, el dueño de la constructora más grande del país.

Tienes que ser especialmente amable con él. Suegra es un posible inversionista para Alejandro. Ah, y lo más importante, nada de contar sus anécdotas de cuando Alejandro vendía gelatinas en la calle. Por favor, a esta gente no le interesan esas historias de superación, les parecen de mal gusto. Usted solo sonría y asienta. ¿Entendido? Isabel no respondió. Se limitó a mirar por la ventana, sintiéndose cada vez más pequeña, cada vez más ajena. El coche se detuvo frente a una boutique cuyo nombre estaba escrito en letras doradas y elegantes.

No tenía escaparate, solo una puerta de cristal oscuro que prometía un mundo de exclusividad y precios exorbitantes. Al entrar, una vendedora alta y delgada, maquillada a la perfección, las recibió con una sonrisa ensayada. “Valeria, querida, qué milagro”, dijo dándole dos besos al aire. Brenda, ¿cómo estás? Te presento a la mamá de Alejandro, se llama Isabel. Buscamos un vestido para la fiesta de compromiso. Algo espectacular. La tal Brenda recorrió a Isabel con una mirada rápida y despectiva, deteniéndose un segundo en sus zapatos cómodos y su bolso sencillo.

Claro que sí. Para la señora tenemos unas cosas preciosas que acaban de llegar de Milán. Síganme. El interior de la tienda era intimidante, vestidos colgados como obras de arte, un silencio sepulcral y una alfombra tan gruesa que parecía que caminaban sobre nubes. Valeria comenzó a sacar vestidos de los percheros con una energía febril. A ver, suegra, pruébese. Este, le entregó un vestido de lentejuelas doradas con un escote pronunciado y una abertura en la pierna que habría hecho sonrojar a una veintañera.

“Valeria, yo no puedo ponerme esto”, susurró Isabel horrorizada. “No sea anticuada. Alejandro la quiere ver moderna, espectacular. Ándele al probador. Isabel se probó el vestido. Se sentía grotesca, una caricatura. Al salir, Valeria y Brenda la miraron y contuvieron una risa. M mmm. No dijo Valeria fingiendo analizarla. Quizás es demasiado juvenil. Le resalta mucho la bueno, la falta de firmeza en los brazos. siguiente. El segundo vestido era todo lo contrario, un diseño de cuello alto y manga larga de un color base tan insípido que parecía una mortaja.

Este es más discreto, más apropiado para su edad, ¿no cree? No queremos que la gente piense que se quiere colgar de la juventud a costa de mi prometido. Isabel se lo probó. Se sentía invisible, borrada. El color la hacía parecer enferma. “Me veo pálida”, dijo mirándose al espejo con desánimo. “Es la luz de la tienda, no se preocupe. A ver, el que sigue.” El tercer vestido era de un terciopelo negro, elegante, pero con un precio que hizo que a Isabel se le revolviera el estómago.