MADRE DEL MILLONARIO grita “¡No me pegues más!” — El HIJO entra y su furia hiela a su PROMETIDA…

Alejandro, completamente engañado, se giró hacia su madre, su rostro una mezcla de confusión y frustración. Mamá, ¿pero por qué? ¿Por qué tratas así a Valeria? Ella solo quiere quererte, ser tu amiga. Se desvive por atenderte y tú la desprecias. No te entiendo. Isabel se quedó sin palabras. La trampa era perfecta. Cualquier cosa que dijera sonaría como una excusa o un ataque. Hijo, ¿no es eso, es que no suegra, por favor, no se fuerce a decir algo que no siente?

La interrumpió Valeria con la voz ahogada en soyosos fingidos. Está bien, lo entiendo. No soy la nuera que usted esperaba para su hijo, pero lo amo y por amor a él soportaré su desprecio en silencio. Aprenderé a vivir con ello. Había robado su narrativa. Había tomado el sufrimiento real de Isabel y se lo había puesto como un disfraz. Alejandro, con el corazón roto por el dolor de su prometida, la abrazó con fuerza. No, mi amor, tú no tienes que soportar nada.

Eres un ángel. Mamá, no sé qué te pasa, pero esto tiene que cambiar. Le estás haciendo daño a la mujer que amo. Isabel sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho. Su propio hijo, su adoración, la estaba reprendiendo para defender a su verdugo. Yo no, intentó decir, pero la voz se lebró. Suficiente, dijo Alejandro. Vale, mi amor, no quiero que llores más. Te voy a demostrar cuánto valoro tu esfuerzo y tu enorme corazón. Metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó la caja de terciopelo azul que Isabel ya conocía.

Se arrodilló frente a Valeria. Una escena absurdamente teatral. Te compré esto hoy como una sorpresa, pero ahora siento que es más necesario que nunca, dijo abriendo la caja para revelar el deslumbrante collar de diamantes. Para la mujer más generosa, paciente y de corazón más noble del mundo, para que nunca dudes de que yo sí veo quién eres y cuánto vales. Valeria jadeó, las lágrimas secándose milagrosamente para dar paso a una expresión de éxtasis. Alejandro es perfecto. Él le puso el collar y ella se lanzó a sus brazos dándole un beso largo y voraz.

Fue un beso de posesión, un acto de marcaje de territorio. Y mientras sus labios devoraban a los de Alejandro, sus ojos se abrieron y se clavaron en los de Isabel. Cuando el beso terminó, Valeria se levantó radiante, tocando las joyas que colgaban de su cuello. Caminó hacia Isabel, que seguía paralizada en el sillón. Se inclinó y en un susurro que solo ella pudo ir, le dijo, “Las joyas se ven mejor cuando están pagadas con las lágrimas de otra.” “Gracias por el regalo, suegrita.” Luego, en voz alta para que Alejandro la oyera, añadió, “Verá que con el tiempo nos vamos a llevar muy bien.

Solo se necesita un poco de esfuerzo” de su parte. Se dio la vuelta y tomó la mano de Alejandro sonriendo. Isabel se quedó sola con el eco de la risa de Valeria en sus oídos y el frío de los diamantes imaginarios quemándole la piel. La manipulación había sido total. no solo la había humillado y aislado, sino que ahora, a los ojos de su hijo, la culpable de toda la infelicidad en esa casa era ella. La semana previa a la fiesta de compromiso se convirtió en una olla de presión.

La mansión, que ya era un territorio hostil para Isabel, ahora era el centro de operaciones de una guerra que no era la suya. Valeria estaba pegada al teléfono día y noche, su voz un taladro constante que coordinaba arreglos florales, menús de degustación y la lista de invitados, una letanía de apellidos importantes que a Isabel no le decían nada. Una mañana, mientras Isabel intentaba disfrutar de un momento de paz en el jardín, Alejandro se acercó a ella, su rostro iluminado por la emoción.

“Mamá, qué bueno que te encuentro.” Valeria y yo estuvimos hablando y ya tenemos todo listo para anunciar nuestro compromiso oficialmente. Daremos una fiesta aquí en la casa el próximo sábado. Vendrá toda la gente importante de la ciudad, mis socios, los amigos de la familia de Vale. Será una noche increíble. Isabel sintió un nudo frío en el estómago. Una fiesta, cientos de extraños ricos y elegantes. Se sintió como un ratón al que invitaban a un baile de gatos.