Luego vino la foto de la graduación de primaria con su niño chimuelo y orgulloso. y el dibujo del solriente. Cada objeto era un ancla, un recordatorio de una vida de sacrificios y de un amor tan vasto que no conocía límites. Fue ese amor el que la llenó de una súbita y ardiente oleada de furia. ¿Cómo se atrevía esa mujer a pisotear todo lo que ella representaba? ¿Cómo se atrevía a amenazar la única luz de su vida? El impulso fue más fuerte que la razón.
Tomó su celular. No podía seguir así. Alejandro tenía que saber la verdad. Tenía que abrir los ojos. Su pulgar temblaba mientras buscaba su contacto en la agenda. Se detuvo sobre el botón de llamar, su corazón latiendo con una fuerza desbocada. Tienes que hacerlo, Isabel, se dijo en un susurro. Por tu hijo. Él tiene que saber con qué clase de víbora se va a casar. Pero una voz más fría y temerosa le respondió en su cabeza. Y si no te cree, y si Valeria, con sus lágrimas de cocodrilo y sus mentiras bien ensayadas, lo convence de que estás loca, de que son celos de una vieja que no quiere soltar a su hijo, lo perderás.
Te echará de su casa y de su vida, te quedarás sin nada, completamente sola y él se quedará con ella, atrapado para siempre. El dilema la estaba desgarrando por dentro. Estaba a punto de presionar el botón, de arriesgarlo todo en un acto desesperado cuando la pantalla del teléfono se iluminó con una notificación. Era un mensaje de Alejandro. Lo abrió. Era una fotografía. Alejandro y Valeria estaban en una joyería, ambos sonriendo a la cámara. En el dedo de Valeria brillaba un anillo de compromiso aún más grande y deslumbrante que el que ya tenía.
Debajo de la foto, un texto. Hola, mamá. Valeria y yo decidimos adelantar la compra de las argollas. ¿No es hermosa? Estamos escogiendo el símbolo de nuestra felicidad eterna. Gracias por apoyarnos siempre y por querer tanto. Vale. Te amamos. El mensaje fue un golpe de mazo directo al corazón. Cada palabra feliz, cada muestra de amor hacia Valeria era una pala de tierra sobre sus esperanzas. Vio la foto, la felicidad radiante e innegable en el rostro de su hijo.
Vio cómo miraba a Valeria. Vio el futuro que él había elegido, un futuro en el que ella, Isabel, era solo una espectadora. Contarle la verdad ahora no sería un acto de salvación, sería un acto de destrucción. Sería como lanzar una bomba en medio de su paraíso. Con un soyo, que se le rompió en la garganta, dejó caer el teléfono sobre la alfombra, se abrazó las rodillas y se dejó vencer por el dolor. No había elección. Su silencio era el precio de la felicidad de su hijo y como siempre lo había hecho, estaba dispuesta a pagarlo sin chistar.
Se quedaría, soportaría y se convertiría en la mejor actriz que el mundo hubiera conocido. Más tarde, unos suaves golpes en la puerta la sacaron de su letargo. Era Lucia con una pequeña bandeja en las manos. Señora, le traje un té de manzanilla y unas galletas de las que le gustan. Las compré esta mañana en la tiendita de la esquina. Isabel la miró con los ojos hinchados por el llanto. Sobre la bandeja, junto al té, había un paquetito de galletas de animalitos.
Lucró y dejó la bandeja en la mesita. Su voz era un susurro cómplice. A veces en esta casa las paredes oyen y ven muchas cosas, señora, pero también hay corazones leales. Si necesita algo, lo que sea, desahogarse, un vaso de agua que alguien le crea, no dude en buscarme. No está tan sola como la quieren hacer sentir. Lucia le dio una pequeña y respetuosa reverencia y se fue cerrando la puerta con cuidado. Isabel miró las galletas, un pequeño faro de bondad en medio de una oscuridad abrumadora y por primera vez en muchas horas sintió que quizás, solo quizás habría una manera de sobrevivir.
La tarde se convirtió en un campo de batalla silencioso. Isabel, siguiendo el consejo no verbal de Lucia, decidió bajar a la sala. No iba a dejarse intimidar ni a permanecer encerrada como una prisionera. se sentó en uno de los sillones individuales, un poco alejada del sofá principal con un libro en el regazo que no podía leer. Su mera presencia era un acto de desafío. Valeria, que estaba planeando su tarde de compras por teléfono, la notó y su tono de voz se volvió más cortante.
Colgó la llamada y se dirigió a Isabel. Vaya, vaya, veo que por fin salió de su cueva”, dijo examinándola de arriba a abajo. “¿Ya se le pasó el berrinche de la mañana o necesita que le tiremos otro de sus tesoros a la basura para que entienda las reglas?” Isabel levantó la vista del libro, su mirada firme. “Esta también es la casa de mi hijo, Valeria. Tengo derecho a estar aquí.” La calma de Isabel enfureció a Valeria más que cualquier grito.
Tiene derecho a lo que yo le permita tener. No lo olvide. Ahora, si me hace el favor de no apestar el ambiente con su aire de mártir, se lo agradecería. Estoy tratando de tener una tarde agradable. Justo en ese momento se escuchó el coche de Alejandro. La transformación de Valeria fue instantánea y asombrosa. Su rostro se suavizó. Su postura se relajó y una expresión de dulce melancolía apareció en sus facciones. Para cuando Alejandro entró por la puerta, Valeria parecía una santa sufriente.
“Mi amor, llegaste”, dijo corriendo a sus brazos. Pero en lugar de besarlo, apoyó la cabeza en su pecho y suspiró dramáticamente. Alejandro, preocupado, la apartó un poco para mirarla a la cara. ¿Qué pasa, mi vida? ¿Por qué esa cara? Valeria miró hacia donde estaba Isabel y luego bajó la vista como si le costara trabajo hablar. No es nada, de verdad, solo que no sé qué hacer con tu mami. Con mi mamá, ¿qué hizo? No, ella no hizo nada, mintió Valeria con la voz temblorosa al borde de las lágrimas de cocodrilo.
Es lo que no hace. Traté de hablar con ella, de animarla. Le ofrecí llevarla conmigo de compras. Le pedí a Lucia que le preparara su té favorito, pero me rechazó todo. Ni siquiera me mira. Siento que no le caigo bien, Alejandro. Siento que me odia y que mi presencia en esta casa la hace infeliz. Y yo yo no puedo soportar eso. Era una actuación digna de un Óscar. Presentaba a Isabel como la agresora pasiva y a ella misma como la víctima desconsolada que solo quería dar amor.