Soy la señora de la casa y usted es la invitada permanente. Se acercó a la encimera donde Isabel preparaba su café. Miró la taza despostillada, el frasco de vidrio barato. De verdad que no entiendo cómo Alejandro pudo salir de tanta miseria. Esto toma esta basura. Preguntó señalando el café. Antes de que Isabel pudiera reaccionar, Valeria tomó el frasco de café, lo abrió y con una expresión de profundo asco, vació todo el contenido sobre el suelo de mármol blanco recién pulido.
Los gránulos oscuros se esparcieron como tierra sucia. Esto huele a pobreza, a conformismo, dijo mientras caminaba hacia el bote de basura y dejaba caer el frasco de vidrio vacío que produjo un sonido hueco y triste. Odio el conformismo y odio la suciedad. Isabel la miró horrorizada. Pero, ¿por qué haces eso? Era mi café, era basura, gritó Valeria, su rostro contorsionado por la rabia. Y no quiero basura en mi casa, no la quiero en mis encimeras, no la quiero en mis alacenas y si pudiera no la querría respirando mi aire.
Lucia, atraída por el grito, apareció en la puerta de la cocina con el rostro pálido. Valeria la vio. Tú le espetó. Limpia este desastre y después vas a tener que desinfectar toda la cocina. ¿Quién sabe qué tipo de bacterias trae esta señora de su barrio? Luego se volvió hacia Isabel, su voz bajando a un siceo peligroso. Le voy a dar una lista de reglas nuevas, ya que parece que no le quedaron claras las de anoche. Regla número uno.
Tiene prohibido sentarse en los sofás de la sala principal. Son de seda italiana y no quiero que los apeste. Regla número dos, tiene prohibido hablar con mis amistades si vienen de visita. Usted se encerrará en su cuarto y no saldrá hasta que yo se lo indique. Regla número tres. La alberca es para mí y para mis invitados, no para usted. Regla número cuatro y la más importante, tiene prohibido dirigirme la palabra a menos que yo le hable primero.
Su opinión, sus recuerdos y sus historias no le interesan a nadie. Fui lo suficientemente clara o necesita que se lo dibuje con manzanas. Isabel, humillada frente a Lucia, no pudo más que asentir con lágrimas de rabia e impotencia quemándole los ojos. Valeria sonrió satisfecha. Perfecto, me voy de compras. Lucia, asegúrate de que la invitada coma en el cuarto de servicio. Hoy hay lentejas para el personal. Que aproveche. Valera se fue, dejando tras de sí un silencio denso y un desastre en el suelo.
Lucia miró a Isabel, luego al café desparramado. Sin decir una palabra, fue por una escoba y un recogedor y comenzó a limpiar. Sus movimientos eran mecánicos, pero sus ojos estaban llenos de una furia contenida. Cuando terminó, se acercó a la lujosa cafetera de Expreso, la que Valeria le había prohibido a Isabel tocar. preparó un café, el aroma fuerte y delicioso llenando el aire. Se lo sirvió a Isabel en una taza de porcelana fina y se lo entregó.
“Tome, señora”, susurró. “A veces un buen café ayuda a soportar el veneno. Fue un pequeño acto de rebelión, un gesto que le decía a Isabel que aunque estuviera en una jaula de oro, no estaba completamente sola.” Isabel subió las escaleras aferrándose al pasamanos de madera pulida, como si fuera el último salvavidas en un océano embravecido. Sus piernas se sentían débiles, gelatinosas, y cada escalón era un esfuerzo monumental. El asalto la cocina la había vaciado de toda fuerza.
Al llegar a su cuarto, giró el pestillo y se recargó contra la puerta, respirando agitadamente. Se sentía como una fugitiva en su propia vida, una prisionera en una cárcel de lujo. Caminó hacia el gran ventanal que daba al jardín, buscando un poco de aire, pero al intentar abrirlo, descubrió que la manija estaba atascada o cerrada con llave, un detalle insignificante que en ese momento se sintió como una metáfora perfecta de su situación. Atrapada, sin escapatoria. La sensación de claustrofobia era asfixiante.
Necesitaba conectar con algo real, con algo que le recordara que su vida no siempre había sido ese infierno de seda y crueldad. Se arrodilló junto a su vieja maleta de cartón y sacó su caja de tesoros. se sentó en el suelo ignorando la suavidad de la alfombra y la abrió sobre su regazo. El olor a madera vieja y a papel guardado la transportó a otro tiempo. Primero sacó el zapatito de estambre azul que ella misma había tejido para Alejandro cuando era un bebé.
Era tan pequeño que cabía en la palma de su mano. Recordó sus dedos torpes luchando con las agujas, la ilusión de sentir sus pataditas en el vientre. A su lado colocó el viejo reloj de pulsera de su esposo. No funcionaba desde hacía décadas, pero aún podía sentir el calor de su piel en el metal gastado. Recordó sus manos fuertes, su risa ronca y el vacío inmenso que dejó cuando se fue. Alejandro era lo único que le quedaba de él, la continuación de su amor.