—Lupita… —dijo la enfermera con un suspiro que no era de sorpresa, sino de resignación—. Otra vez te escapaste.

Rodrigo se quedó solo otra vez.

Miró la almohada húmeda.

Suspiró con cansancio.

—Lo siento, Nico… —murmuró—. Papá está perdiendo la cabeza.

Se sentó.

Pasaron minutos.

El monitor siguió su ritmo constante.

Y entonces…

Un pitido cambió.

Rodrigo levantó la cabeza.

El monitor cardíaco, que llevaba horas mostrando un patrón irregular, marcó una variación distinta.

Más estable.

Parpadeó.

—Debe ser coincidencia —susurró.

Se inclinó hacia Nico.

La respiración del niño, que antes era superficial y entrecortada, sonaba apenas más profunda.

—Nico…

Los dedos del pequeño se movieron.