Los lobos le habían arrancado la piel… pero ella seguía sin soltar al bebé. Cuando el apache la encontró en el desierto, comprendió que no había venido a salvar vidas… sino a unirse a una cacería.

La confirmación.

Nahuel cerró la mano alrededor del rifle.

—¿Mercer sigue escondiéndose detrás de perros como tú?

Dalton soltó una risa seca.

—Mercer no se esconde. Mercer compra jueces, compra sheriffs y compra tumbas. Tú deberías saberlo mejor que nadie. Después de lo que pasó con tu mujer.

Eso fue como meter un hierro caliente en una herida enterrada.

Nahuel sintió que todo dentro de él se tensaba.

Años atrás, Mercer había querido las tierras cercanas al río Gila. No por cultivo. Por plata. Nahuel se había negado a vender. Semanas después, su esposa había muerto en un incendio provocado en la cabaña mientras él estaba fuera cazando.

Nunca tuvo pruebas.

Solo sospechas.

Solo el olor a petróleo sobre la madera quemada.

Solo la cinta roja hallada entre las cenizas.

Dalton siguió hablando, sabiendo dónde clavar el cuchillo.

—Ella gritó mucho, por cierto.

Nahuel salió de cobertura con una violencia seca y disparó dos veces.

Dalton ya se había movido, pero una bala le arrancó el ala del sombrero y la otra le rozó la costilla. El hombre gruñó y devolvió fuego.

La bala de Dalton golpeó la piedra a centímetros de la cara de Nahuel.

Los dos quedaron respirando fuerte.

Midiéndose.

Odiándose sin necesidad de verse.

Entonces, desde la grieta, se oyó un sonido pequeño.

Un llanto.

Débil.

Pero claro.

Tomás.

El silencio que siguió fue peor que los disparos.

Dalton lo oyó.

Y sonrió.

—Así que el niño sí está aquí.

Nahuel se enderezó apenas, sintiendo la sangre correrle por el brazo.

—No des un paso.

—¿Sabes quién es ese niño? —preguntó Dalton.

Nahuel no respondió.

Dalton tampoco necesitaba respuesta.

—Es hijo de Mercer.

Nahuel parpadeó una sola vez.

—Mentira.

—Ojalá lo fuera. Elena era sirvienta en la casa grande. La esposa de Mercer llevaba doce años sin poder darle un heredero. Cuando el viejo empezó a enfermar, se obsesionó con dejar sangre suya detrás. Probó con médicos, rezos, curanderos… y al final hizo lo que hacen los hombres como él cuando el dinero les pudre el alma: tomó lo que quería.

Nahuel sintió que el asco le endurecía la mandíbula.