Los dejaron en el desierto sin agua ni esperanza… pero al llegar a una vieja cabaña, los ancianos encontraron algo que nadie habría imaginado.

Don Ricardo la levantó de un tirón.

Debajo había una argolla de metal.

La abrió con esfuerzo.

Un golpe de aire frío subió desde la oscuridad.

No olía a encierro.

Olía a tierra, a madera vieja… y a algo más.

A vida.

Bajaron como pudieron por una escalera estrecha.

Don Ricardo cerró la trampilla sobre sus cabezas justo cuando el ruido del motor se detuvo frente a la cabaña.

La oscuridad era casi total.

Solo una rendija de luz se colaba entre las tablas.

Teresa respiraba tan fuerte que parecía que el pecho se le iba a romper.

—Ricardo… tengo miedo.

Él buscó su mano a tientas.

—Yo también.

De pronto, una chispa iluminó el sótano.

Una lámpara de aceite.