Demasiado dispuesto.
Como si alguien hubiera esperado exactamente ese momento.
—No quiero quedarme aquí —susurró Teresa.
—Ni yo.
Entonces se escuchó un ruido.
Un crujido seco.
Afuera.
Como llantas pisando grava.
Los dos se quedaron inmóviles.
No fue imaginación.
Era un motor.
Lejano, pero acercándose.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—No… no puede ser.
Don Ricardo apretó la nota.
—Al sótano. Ahora.
Buscaron con la mirada y vieron una trampilla de madera al fondo, medio escondida bajo una alfombra áspera.