LO SIENTO, MAMÁ, NO PODÍA DEJARLOS —dijo mi hijo de 16 años, entrando en la habitación con dos bebés recién nacidos en los brazos.

—No me importa. Yo no pedí gemelos. Si tú quieres meterte en ese lío, hazlo. Firma lo que haya que firmar y déjame en paz.

—Eres una basura.

—Eso ya lo sabías desde hace años.

1 hora después apareció en el hospital, no solo, sino con 1 licenciado de traje barato y sonrisa seca. Rogelio ni siquiera se acercó a la cuna térmica donde estaban los bebés. Firmó papeles de custodia temporal, declaraciones, renuncias, todo con una prisa ofensiva, como quien entrega un coche descompuesto y no 2 vidas. Emiliano lo observó desde la puerta. No lloró. No hizo drama. Solo apretó la mandíbula.

—Nunca voy a ser como tú —le dijo, cuando Rogelio pasó a su lado.

Rogelio ni siquiera volteó.

Esa noche, los 4 regresaron al departamento. Fue una locura inmediata. No tenían cunas, ni pañales suficientes, ni mamilas esterilizadas, ni fórmula. La vecina de abajo les prestó 1 moisés viejo. La señora de la miscelánea les regaló 1 paquete de toallitas. Leticia consiguió algunas cosas del hospital y les explicó cómo alimentar a los bebés. Emiliano les puso nombres sin pedir permiso a nadie: a la niña le llamó Valeria y al niño, Mateo. Dijo que sonaban a luz y a fuerza.

Los primeros días fueron una guerra sin tregua. El departamento se llenó de llanto, biberones, cobijas húmedas y ojeras. Verónica iba al trabajo medio dormida, regresaba a lavar pañales, a hervir agua, a hacer cuentas imposibles. Emiliano llegaba de la escuela y en lugar de salir con sus amigos o pensar en fiestas, se ponía a cargar bebés, a cambiar pañales, a arrullar, a esterilizar mamilas. Muchas noches se quedaba dormido sentado, con 1 gemelo en cada brazo. Verónica lo veía y se le partía el alma.

—No te toca a ti cargar con esto —le dijo una madrugada, mientras él calentaba una mamila.

—Sí me toca —respondió sin mirarla—. Porque él no lo va a hacer. Y porque ellos no tienen la culpa de nada.

La colonia entera empezó a hablar. Que si Verónica se había vuelto loca. Que si cómo iba a mantener 2 niños más. Que si seguro lo hacía por interés, porque a lo mejor Rogelio tenía algo escondido. Que si era una humillación cuidar a los hijos de la amante. Algunas de sus compañeras en la clínica fueron más crueles.

—Yo los hubiera dejado en el DIF —le soltó 1, masticando chicle—. Bastante hiciste criando al tuyo sola.

Otra añadió:

—Y espérate, porque esos hijos ajenos siempre traen pleito.

Verónica sonreía por educación, pero cada comentario le raspaba la piel. A veces, cuando estaba sola, sentía resentimiento. No contra los bebés, sino contra la injusticia de tener que volver a empezar a los 43, cuando apenas soñaba con ahorrar para que Emiliano pudiera entrar a la universidad. Había noches en que miraba la alcancía donde guardaba lo poco destinado para el futuro de su hijo y le daban ganas de gritar. Rogelio les había robado demasiado. Ahora hasta el porvenir parecía quererles arrancar.