De entre los pinos cubiertos de nieve, comenzaron a surgir figuras. Al principio parecían sombras, pero pronto tomaron forma. Eran 10, luego 20, y finalmente más de 40 personas. Eran los habitantes del ejido de San Lucas. Hombres con machetes, mujeres con palos de encino y viejos con escopetas de caza. A la cabeza del grupo venía doña Petra, la panadera, con los ojos llenos de lágrimas pero la mandíbula apretada con determinación.
El disparo había hecho eco hasta el pueblo, pero la verdad era que la gente ya venía en camino. La culpa de haberle cerrado la puerta a una madre desesperada durante la tormenta había sido más fuerte que el miedo al cacique. Durante 3 años habían vivido agachados, cargando con la muerte de la familia de Elías en sus conciencias. Esta vez, no iban a permitir que otra desgracia ocurriera frente a sus narices.
Doña Petra se adelantó y señaló a Artemio con 1 dedo tembloroso pero firme.
—Ya nos cansamos de ustedes, malditos parásitos —gritó la mujer—. Si se meten con don Elías o con esa muchacha, se meten con los 400 habitantes del municipio. A ver si tienen suficientes balas para todos.
Artemio miró a su alrededor. Estaba rodeado. La gente del pueblo, aquellos campesinos a los que siempre había despreciado y extorsionado, ahora lo miraban con un odio profundo, listos para lincharlo ahí mismo. El usurero, entendiendo que había perdido la guerra, bajó el arma, corrió hacia su camioneta y encendió el motor. Arrancó a toda velocidad, dejando atrás a Ramiro, quien seguía llorando en la nieve, sosteniendo su hombro destrozado.
2 hombres del pueblo se acercaron a Ramiro. Lo levantaron sin ninguna delicadeza, le amarraron las manos con 1 soga gruesa de ixtle y lo aventaron a la caja de 1 camioneta vieja para entregarlo a los militares que estaban apostados en el cruce de la carretera federal. Con los testimonios de 40 personas, Ramiro pasaría décadas pudriéndose en 1 cárcel de máxima seguridad.