Elías bajó el rifle lentamente. Suspiró profundamente, como si por fin hubiera exhalado un aire tóxico que llevaba años pudriéndole los pulmones.
Doña Petra se acercó al porche. En sus manos traía 1 canasta llena de pan dulce recién horneado, cobijas limpias y 3 frascos con leche. Las lágrimas rodaron por sus mejillas arrugadas.
—Perdónenos, don Elías —sollozó la panadera—. Perdónenos por lo de hoy, y perdónenos por lo de hace 3 años. Fuimos unos cobardes.
Elías la miró con severidad, pero poco a poco, la dureza de su rostro se fue suavizando. Asintió 1 sola vez, aceptando la canasta y, con ella, las disculpas de todo un pueblo arrepentido.
Cuando la gente se retiró, Elías entró a la casa. Abrió la trampilla del sótano. Rosaura subió temblando, aún abrazada a Lupita, y seguida de cerca por el pequeño Chema. Al ver que estaban a salvo, Rosaura cayó de rodillas frente a Elías, llorando a mares.
—Me la quería quitar… quería vender a mi niña —repetía ella, sin consuelo.
El ranchero se arrodilló frente a ella, tal como lo había hecho la noche anterior. Puso 1 de sus enormes manos sobre el hombro tembloroso de la joven madre.
—Ya nadie te va a quitar nada, muchacha —le dijo con una voz que, por primera vez, sonó cálida y llena de paz—. El monstruo ya no existe. Estás a salvo. Están a salvo.
Las semanas pasaron y el brutal invierno de 1992 comenzó a derretirse bajo el brillante sol de la primavera mexicana. La nieve se transformó en agua que bajó por los arroyos de la sierra, reverdeciendo los pastizales y llenando el aire con olor a tierra mojada y a pinos frescos.