—¡Mátalo! —le ordenó a Ramiro—. Mátalo y entremos por la mercancía. No tengo todo el maldito día.
Ramiro levantó su rifle y apuntó al pecho de Elías. Su dedo buscó el gatillo.
Pero la furia de Elías, acumulada durante 3 largos años de duelo y soledad, fue más rápida que cualquier impulso de aquel cobarde. Antes de que Ramiro pudiera parpadear, Elías levantó el Winchester y disparó 1 sola vez. El estruendo fue ensordecedor, rebotando en los cerros helados.
La bala no buscó matar; buscó justicia. El proyectil le destrozó el hombro derecho a Ramiro, arrancándole el arma de las manos y arrojándolo violentamente contra la nieve. Ramiro aulló de dolor, revolcándose en el suelo mientras la sangre manchaba de rojo la blancura del invierno.
Artemio, sorprendido por la destreza y frialdad del gigante, levantó su escuadra temblando, pero de inmediato escuchó el sonido mecánico del Winchester cortando un nuevo cartucho. El cañón del arma de Elías ahora apuntaba directamente a la frente del usurero.
—Tú decides, Artemio —dijo Elías, sin alterar la respiración—. O te llevas a esta basura al hospital, o te quedas a hacerle compañía en el infierno.
Artemio levantó las manos, pálido como un cadáver. Sin embargo, su orgullo herido lo obligó a hablar.
—Estás muerto, Elías. Te juro por mi madre que voy a traer a 50 hombres armados y no va a quedar piedra sobre piedra en este rancho.
—No vas a traer a nadie.
La voz no vino de Elías. Vino del camino de entrada.