Rosaura sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. Ahora entendía el silencio sepulcral de Elías, la mirada cargada de fantasmas, y, sobre todo, entendía por qué le había abierto la puerta. En ella y en Lupita, el ranchero había visto la oportunidad de salvar lo que el destino y la maldad le habían arrebatado años atrás. Él no iba a permitir que la historia se repitiera. No en su tierra. No otra vez.
Arriba, el sonido de un golpe seco sacudió la casa. Ramiro había embestido la puerta principal, pero los gruesos maderos de roble ni siquiera crujieron.
—¡Es la última advertencia, viejo entrometido! —gritó Artemio, perdiendo la paciencia. Tiró su cigarro a la nieve y sacó 1 pistola escuadra cromada de su saco—. ¡O me entregas a la niña que me pertenece por derecho de cobro, o te quemamos el rancho con todos adentro!
La puerta principal no se abrió a la fuerza. Se abrió lentamente desde adentro.
Elías salió al porche. No levantó el rifle de inmediato; lo sostenía descansando sobre su muslo derecho, pero la tensión en sus músculos era evidente. La tormenta de nieve había comenzado a ceder, dejando un silencio gélido que amplificaba cada palabra.
—En esta propiedad no se vende a nadie —dijo Elías, y su voz resonó como un trueno bajo en la montaña—. Y mucho menos a 1 criatura de Dios. Lárguense de mi tierra.
Ramiro soltó una carcajada nerviosa, levantando su rifle.
—Tú no sabes con quién te estás metiendo, viejo estúpido. Artemio tiene a la policía municipal, al alcalde y a la judicial en la bolsa. Si no nos das a la chamaca, mañana van a encontrar tus restos repartidos por toda la sierra. ¡Rosaura es mi mujer y la niña es mía para hacer con ella lo que se me dé la gana!
—Un hombre que vende a su sangre para pagar sus vicios no es dueño ni de su propia sombra —respondió Elías, dando 1 paso hacia adelante—. Ya te escuché, Ramiro. Ahora escúchame tú a mí. Te doy 10 segundos para subirte a esa camioneta y desaparecer de mi vista.
Artemio escupió en el suelo, ofendido por la insolencia del ranchero.